dicen que los gatos o algunos insectos los sienten llegar: los primeros se mueven inquietos, saltan paredes desacostumbradas, se les eriza el pelo del lomo; los segundos cambian el sentido de sus recorridos, disciplinadamente como siempre, pero al revés.
Los seres humanos no, siempre son los sorprendidos, los segundos de sacudida les aparecen interminables, buscan protegerse abajo del marco de una puerta, intentan salir a la calle. Si miran por la ventana y es de noche, advierten las grandes chispas de los hilos de electricidad que bailan y se tocan. Después es el silencio y el polvo. En el vacío esperan azorados.
Luego sobreviene el espanto, ruidoso, de gritos, de techos que continúan derrumbándose, el mismo perro que aúlla al mismo tiempo en un punto del norte, en otro del sur, arriba, abajo, en el este y en el oeste. Con lentitud se recobra el movimiento. Miles hacen lo mismo sin percibir la simultaneidad. El descubrimiento de los daños es, si se quiere, secretamente colectivo. No hay palabras para nombrarlo, para nombrarse, para contar la desesperación, el espanto, el dolor, la inquietud que se difunde como un aire espeso. Todos saben sin saber del otro todavía. El terremoto produce víctimas solitarias.