autos y corredores

Nicolás Levin pone esta foto del Fuel Magazine en su Facebook y sus razones habrá tenido. Me trajo un recuerdo viejo de 61 años; sentí el sabor de la primera derrota de que tenga memoria. Y le agradezco.
El vecino de en frente era rico, se llamaba Juan José Franza, hijo de un martillero público que manejaba algo de ocho cilindros en V que tenía un constante olor a perfume de señora de entonces. El Toto su hijo tendía a gordito, la piel tan blanca, muchas figuritas Starosta y tenía además dos autos de carrera, uno más bien como Mercedes Benz todo en latón, otro recubierto de tela azul y leve como nubes. Él usó en la carrera en la cancha de fútbol de Atenas el más liviano, y me prestó el primero. Ignoro los detalles de la iniciativa, pero fue toda una ilusión. Nunca antes había entrado en esas máquinas evidentemente perfectas y envidiables. Por lo demás, Rissatti corría aún en los caminos de la patria, héroe contra la perfidia porteña de los hermanos Gálvez, Juan y Oscar. Toscanito Marimón y Fangio habían emigrado, se codeaban con Villoressi, Ascari, un cierto Príncipe, luego Stirling Moss.
Los dos autos del Toto tenían una multiplicación extraordinaria, las ruedas eran más grandes que las de los autos en la foto, pero eso no tiene la menor importancia. Estuvimos largo rato en la línea de largada. La corona era enorme, y brillaba la cadena. Arrancamos sin inconveniente a la primera indicación. Habré salido en punta y puse más energía que habilidad: las piernas sin práctica y con pantalón corto comenzaron a chocar dolorosamente contra el metal indiferente. Los pedales tenían punteras de bicicleta de carrera, cuyo uso yo ignoraba. Al llegar a la primera curva, realmente la primera en mi vida, moví tanto el volante hacia la izquierda que terminé fuera de pista. Cuando pude salir, los otros autos estaban lejos en la recta. Es que así manejaba yo los minúsculos autitos de plástico rellenos de plastilina para acentuar el equilibrio en las siestas del verano, en un zaguán de la casa de Alvear 558.
Con esfuerzo fui el último, y creo que ya ni bajaron la bandera a cuadros. Me explicaron más tarde la desdorosa posición como una consecuencia obvia del peso del bólido. Sospeché que era un pobre consuelo: me habían prestado un auto para que el vecino estuviera seguro de no llegar el último. De todos modos, premios hubo: una pelota de peluche, amarilla -aunque no se ya si figuraba entre los premios o mi padre me la dio digamos por debajo de la mesa.
Desde entonces he tenido pavor de las derrotas y de los premios consuelo, aunque no haya aprendido a poner más inteligencia que voluntad en evitarlos.


