acerca de Cobardes y traidores, de Noé Jitrik.

Angelus Novus, Paul Klee

 

El artículo resuena, me imagino, en muchos contextos. Vaya a saber cuál será el dominante en Buenos Aires esta tarde, o más tierra adentro. No vaya a ser que alguien se sienta aludido personalmente –Conrad fue una lectura de muchos jóvenes en los años sesenta, creo que hasta Guevara lo citaba. Podrán ocurrir equívocos, personas que dejen de contestar al teléfono, cosas así, siempre lamentables.
 
Te hablaré entonces del mío: leo en estos días Le pouvoir d’abdiquer, de Jacques Le Brun; pienso o trato de pensar en las causas de mi propia tendencia a borrar el yo, que en palabras prestigiosas podría llamarse la tentación de la aniquilación, que en su momento pudo presentarse como devaluación de lo que hice o hacía, como si en lo que hacía no estuviera poniendo nada de mí, aún en las acciones más serias, como si no dejara entonces de sentirme en otra parte, o lo que quizá sea lo mismo, como si estuviera condenado a estar en el lugar equivocado. Cobarde, no habría enfrentado a tiempo las razones o los fantasmas correspondientes. Traidor, me habría plegado al deseo (conjetural) del otro. Miedoso, no habría sido capaz de distinguir entre amor y devoción.
 
Uno es cobarde, en la literatura y en la historia, y me da la impresión de que siempre el personaje sabe que lo es. Al contrario, uno puede ser perverso sin saberlo, o sin saber que lo sabe. “Enterrado en esta cobardía, escribe Víctor Hugo, me disgusta que alguien sea intrépido en estos días, y tengo por afrenta el coraje ajeno.” Ricardo II era cobarde en una larga cadena de acontecimientos que lo condujeron a marchar siempre más profundamente hacia la miseria moral y ética. Politzer no fue cobarde y murió en la tortura, ¿fue acaso, antes de la prisión y la muerte, un cobarde de pensamiento, como podría decirse sin anacronismo de su adhesión sin fallas al stalinismo?
 
A lo lejos, la lectura de la palabra “cobarde” se me asocia con otra, que durante mucho tiempo tuve por su contrario: “abnegado”, hasta que supe que en realidad abnegado era alguien capaz de negarse a sí mismo lo suficiente como para seguir in fallas una causa propuesta desde afuera. Entregado a otro yo, la conducta del abnegado excluye la cobardía tanto como excluiría la temeridad, el arrojo, el valor.
 
El artículo se extiende más sobre la cobardía y sobre la relación entre miedo, cobardía y traición que sobre la traición misma, hecho que contrariaría la promesa de su título. Ya se verá, espero, el porqué de esta queja. Escribes que la traición sería un objetivo, en tanto que la cobardía pertenecería a la clase “condición”. Corres el riesgo, me parece, de dejar de lado que traicionar es una acción, que puede darse en diferentes condiciones y quizá en procura de objetivos particulares. Quien traiciona hace causa común con el enemigo, o engaña una confianza previamente recibida, o mal sirve a su fe, o actúa contra algo. Existirán ejemplos de valientes que traicionan justamente por no ser cobardes, por no tener miedo, o porque, rompiendo con el precepto principal de abnegación, deciden traicionar una causa para recuperarse en el yo o en el ser perdido.
 
Así dicho, escribo contigo que detectar en la vida y en sus múltiples aconteceres la cobardía o las cobardías nos perturba porque nos obliga a entender o a condenar o a perdonar o a proyectar la nuestra propia. Pero agregaría que el mundo no parece estar hecho de cobardes por un lado y de valientes por el otro. ¿Adónde poner el límite, con base en qué ley o código? Es literatura, reconozco, decir que el mundo está hecho de cobardes/valientes, pero arriesgaría a sugerir que eso es, justamente, lo que enseña la literatura, construcción decía alguien de matices.
 
Y llego a donde quería llegar, la cobardía como condición de posibilidad del escritor, que para poder serlo debería salirse del orden de las decisiones vitales. Ello, es obvio, no implica la cobardía moral. Y si es así, ¿qué quiere decir que el escritor, para seguir siéndolo, deba “retroceder frente a un riesgo, tentador, límite, desafiante”? ¿Habría entonces dos cuerpos del escritor, como para Kantorowicz hubo “dos cuerpos del rey”?
 
Balzac decía que para ser escritor había que tener una buena mano. Más allá de la energía, si hay dos cuerpos del escritor, uno sería –por poner un nombre- el del “ciudadano” y otro sería el de su misión, su pasión, y ser escritor un resultado del enfrentamiento entre esos dos cuerpos, el uno postergado, aniquilado por el otro. Así puedo estar de acuerdo con que para ser escritor, alguien como tu (tal vez) haya tenido que retroceder frente a un riesgo, etc. Pero habría que agregar que el oficio o el ser o la misión del escritor implica enfrentar todos los días el riesgo, el de las palabras o el del sentido, o el de la originalidad, o el del ritmo, o el de la poesía, si por ello se entiende una iluminación.
 
No habría entonces un “orden diferente de cobardía, esencial e irrenunciable”, orden de la escritura o del escritor. Lo cual, con el debido respeto, me dejaría mucho más tranquilo. O quizá sea que existe ese orden esencial e irrenunciable, pero diría que, por cierto antes de que comenzara la historia de la mediatización allá por los ochenta del siglo pasado, ese sería el orden en que se juega el escritor para perder su ser en el descubrimiento de lo que busca, mejor dicho en el quehacer, el rastro, el remoto perfume de su búsqueda: el texto.
 
Volviendo a la traición, agregaría que si traicionar es también hacer conocer voluntariamente algo que debía permanecer oculto, entonces sí, ya no cobarde sino traidor, el escritor encontraría su pobre destino de pérdida del ser en la tarea imposible de hacer que la cobardía de otros consistente en ocultar para sobrevivir no impida ni a unos ni a otros salir de la oscuridad.