Santiago Vidal Funes, fines de 2009

nave espacial
santiago vidal funes

 

 

 

 

 

El presente es en este niño presencia también de un extraño futuro, impensable para su abuelo.
 
Al mismo tiempo sombras trágicas le vienen de mi propia sombra, que ciertamente no es sólo la mía,  y él me devuelve la certidumbre de que es posible, que será posible para él y para los suyos comenzar el tejido de otra idea de humanidad, a armar otro modo de vida, indispensable para contener la memoria del pasado y abarcar las consecuencias de lo que fue y ya no debería ser más, incluyendo lo que su propio abuelo pueda haberle contado, sacudirse las sombras.
 
Eso advierto en esta foto, mientras afuera la temprana oscuridad del invierno es fría y húmeda en París. Estremecido brilla Júpiter casi en la mitad del cielo. Y siento la proximidad entre este niño de la foto y el gigante cósmico de la inabarcable vecindad. La siento como una esperanza, como un cambio de significados. Diría que ésta es una de las pocas fotos en que he podido ver la vida.
 
Sus destrezas, que están por ejemplo en la nave espacial de la segunda foto, no me son ni desconocidas ni sorprendentes: sí la naturalidad con que las ejerce, la suavidad del desplazamiento de sus dedos, la certidumbre de las formas, la intuición de los planos. Para mi siempre una cinta de Moebius será un cuerpo extraño, una metáfora en el mejor de los casos, mientras que para Santiago Vidal es, tengo la impresión, una de las formas posibles, deseables o indeseables, eso es otro asunto, del mundo, o de la historia, o del futuro.
 

Hace apenas tres años estuvo aquí, en el cuarto en que esto escribo. Sospecho que intenté mostrarle cómo armar un pequeño vehículo de plástico. No hacía falta: pero lo aceptó como quien ve abrirse la puerta y entrar por ella un recuerdo.