Cumpleaños, formaciones, deseos.
Un día vi
Un señor muy rojo
Rojo rojo
Le pregunté
Qué era
Y me dijo
Que era mi corazón
Y se metió
A mi cuerpo.
Soledad Funes, Volando en cada sol, 1985.
Pierre Michon escribe a propósito de Flaubert y sugiere que “No entregar a la aventura más que sonidos vagos y profundos, devenir un árbol abrazado y mecido por el viento constituye una meta hacia la cual uno puede ciertamente dedicar un esfuerzo, mediante el más humano de los medios, que es el lenguaje”. Leo este párrafo y pienso en mi hija Soledad, que mañana cumplirá 34 años.
Tengo la impresión de que hace poco terminó una larga etapa de su vida, a la que llamaría “de formación”, si con esa palabra se entiende un proceso mediante el cual adquirimos forma, organización, existencia e identidad y, también, un resultado a partir del cual inteligencia, gusto y preferencias se articulan, acaso más inquietantemente, de una manera diferente.
Desde pequeña ella fue para mi un personaje de indescriptible densidad; es muy posible que la niña no encontrara en su padre el reflejo de esa densidad. Soledad escribió por entonces:
Un día encontré
Una persona invisible
Y le pregunté qué era
Y me dijo que era mi vida.
Si digo final de una etapa de formación no es que quiera transmitir una observación de conocedor. Apenas trato de aludir a la imagen que desde hace unos meses ese ser siempre presente me devuelve cuando la miro a diario y, además, tal vez al deseo de que así sea, de que ella haya alcanzado a percibir, después de muchas pruebas y silencios, tramas, consistencias, roces de hojas, sentidos posibles.
Escribió también, y ése fue un buen retrato de ciertas perdurables limitaciones de su padre:
Un día vi una
Bola blanca y me dijo mi papá
Es la luna, y yo
Oí muy quedito
Soy el cascarón
Del espacio.
Es que no me preguntaba por la luna, sino por lo que ella quería confirmar o, más humanamente, sólo contar: en ese cuerpo allá redondo y blanco y pequeño se encontraba no un nombre, sino todo el universo, en un instante particular de sus caprichosos plegamientos y paralelas maneras de ser. En esos años primeros, antes de cumplir diez, Soledad parecía además intuir cuánto de complicado y difícil sería eso que llamo ahora “formación”:
Me pregunto qué escondo
Dentro de mi en cierta
Sonrisa que ya no encuentro.
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Hace de esto unos cuantos meses, las campanas de la Asamkirche sonaban las seis de la tarde del domingo en Munich, oscuridad ya entrada, hacía frío en la minúscula terraza de un pequeño departamento blanco en el centro de la ciudad. En uno de los despachos que dan al jardín de la planta baja un pedicuro ordenaba sus archivos. Aunque estaba allí por otras razones, pensé en la generación que ahora tiene entre treinta y cuarenta años.
A muchos de sus miembros les habrán ocurrido fines de semana de hombres y mujeres solos, contestando correo en la computadora, hablando simultáneamente en varios idiomas con colegas, amigos, vecinos lejanos o distantes, escuchando la radio, consultando la tela sin término ni forma para encontrar una información, una respuesta, y dentro de un momento otra, preparándose para levantarse al día siguiente a las seis de la mañana, hacer el té, bañarse, regresar al estudio, al laboratorio o a cualquier despacho open office.
Ejercen muchos de ellos profesiones científicas exigentes, o trabajan en empresas de alta tecnología, en neurociencias, física de partículas (¿cuántos de los 10.000 del acelerador del CERD tienen menos de cuarenta años?), crean nuevas ocupaciones en el espacio de la cultura y de las artes. Hablan y escriben por lo general más de tres lenguas, trabajan en redes, intercambian y colaboran a distancia, construyen muchas veces sin conocerse entes virtuales de asombrosa complejidad. Conocen mucho, y saben dónde encontrar la información que necesitan. Cuando la tienen, saben dónde acomodarla. La memoria es plástica, como siempre fue, sólo que en muchos dominios parecen capaces de atravesarla en horizontes inesperados. Anoto esto y vuelvo a evocar la articulación entre inteligencia, gusto y preferencias.
En casi todos los casos predominan para ellos las nuevas reglas del juego, una de las cuales implica prolongar al máximo posible la precariedad en el empleo, el más bajo salario independientemente de la alta calificación demandada. Otra, o una de las consecuencias de la anterior, mantenerlos solitarios. Una cuarta, la prisa y la competencia para llegar antes, con el artículo, la iniciativa, la innovación. Salvo excepciones, el transcurso de sus vidas de trabajo no puede ya leerse como una “carrera” vinculada con la evolución de destrezas y conocimientos, y la recepción, recreación y transmisión del saber, sino pasar necesariamente por una serie discontinua de episodios, denominados “oportunidades” a perder o a ganar. Intuyo que en realidad y no obstante la riqueza de redes y formas horizontales de colaboración, casi todos trabajan dentro de pirámides de poder extremadamente rígidas, en segmentos cuya articulación está fuera del horizonte personal, a las que alguien, quizá anacrónicamente, podría llamar nuevas formas de explotación del trabajo. Son millones, del mismo modo que son millones los que no han tenido ninguna oportunidad y están fuera de casi todos los mercados, incluso el de la fuerza de trabajo.
El mundo en el que viven y las dificultades que heredaron de mi propia generación les niegan mecanismos solidarios, inter-generacionales, de seguridad social; se les aleja en el tiempo la formación de una familia, tener hijos. Cuando los tienen, suelen comenzar a sufrir los efectos que sobre ellos genera la creciente desigualdad en el mundo. Para terminar, sobre ellos cae el grueso de la responsabilidad y del temor inducido por las inestabilidades de todo orden, sea en lo local, sea en lo planetario. Todo parece, en este último sentido, negarles la posibilidad de ejercer la responsabilidad que se les asigna o achaca, casi por defecto.
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Escuchaba yo las campanas de la iglesia y era inevitable que aparecieran ante mi las dimensiones del abismo que la historia había creado entre la época en que Egid el escultor y Cosman el pintor de la familia Asam hicieran edificar la iglesia de torturada arquitectura y ésta de mi hija, que en ese momento escribía tranquilamente en su computadora, adentro en el departamento blanco de la Sendlinger Strasse.
Resolví volver a entrar sabiendo que estaba allí para recibir refugio sin saber pedirlo, protección y quizá consuelo de esa generosa y discreta mujer a la que veía detrás de las grandes ventanas empañadas, un breve haz de luz iluminaba el rostro bello y reposado, el pelo negro, las cejas perfectamente arqueadas, los labios delicados, exacta continuidad del que fotografié cuando era una niña de tres o cuatro años mirando concentrada el resultado de la mano que aloja y conduce el lápiz que a su vez traza y cambia la eternidad del papel, y para siempre. También entonces caía la tarde, también era invierno, pero el mundo era ciertamente otro. Era el mío, al menos en el que creí vivir, el de mis amigos, el de los grande relatos, el de la abnegación y el sacrificio, el de la traición y la cobardía, el de la lucidez y la impotencia, el que por el momento ha sido el último episodio de la ilusión de una transformación radical y posible de la manera de vivir, ése del “siglo breve” que al cabo de pocos años habría de culminar con una silenciosa implosión, que no fue sólo la de un imperio.
Ella escribía, como digo, a comienzos de este 2009, y me parece sólo ahora entenderlo, estaba formando la decisión de terminar el largo período al que alude el comienzo de esta nota de bitácora. Para mi hija y para todos, mujeres y hombres de su generación, quisiera completar aquí mi deseo, no mi nostalgia ni mi augurio, mucho menos el vaticinio o la solicitud, de que puedan, como sigue Pierre Michon en su evocación de Flaubert y sigue también el que esto escribe, devenir un árbol, un árbol alimentado por la savia que se ha elegido entre tantos elementos posibles, aparecer poderosos ante los hombres y ante si mismos a causa de sus raíces y de su diferencia indiferente, un ser salido de la humanidad capaz de proferir sonido de hojas, de gongs, de avalanchas, salir de la humanidad y poder mirarla (mirándose) desde otro ángulo, cubrirla con su sombra, con sus ruidos y susurros, ocultarla bajo su follaje, rescatarla, si eso fuera aún posible, aún pensable, ya que todo eso, esa metamorfosis, sería digno de esfuerzo.



