Bernardo Nagelkop, librero.
Hace unos días Oscar del Barco escribió diciendo que Bernardo Nagelkop había muerto, que había ido al velorio y le cayó encima un cielo entero de recuerdos, que para espantarlos se dio a la fuga. No tengo aquí casi una docena de fotos, en realidad no las tuve nunca. Alrededor de esas ausencias se teje esta nota.
París, 6 de febrero 2009
I
Al fondo de la librería Bernardo espera cualquier proximidad. Mira sin ver, sabe que ya no hay algo como continuidad, que su librería es el abismo al que nunca imaginó tener que asomarse todos los días, al fondo atrayente intuye un espejo negro. Conoce de memoria los libros en las estanterías y en las mesas, los observa como canarios ariscos, ellos también hartos de que cuatro desconocidos entren para tomarlos como si acercarse fuera para ellos una costumbre, o una pericia, el acto inevitable de hojearlos se repetirá como una mano que pasa a contrapelo de las plumas, una violación sin sentido, un pasatiempo de pequeños verdugos sin sombra ni perfil. En realidad hace mucho que comenzó a detestar la palabra cliente, la idea de un comercio. La suya había sido la esperanza de un oficio, de una función en la ciudad. Un oficio o un lugar, ciertamente un lugar. Con el tiempo alguien le hablaría de una identidad, pero eso ocurrió ya tarde, cuando la melancolía había acabado por ocupar el espacio del futuro. O la forma del hastío, o la conjetura de una vida en vano. Y sin embargo la carta robada siempre estuvo allí, junto a su escritorio en la trastienda: Si delito hay, o habrá
sería el de regresar anciano. Sucede que con el tiempo el oficio se borró, el servicio de elegir anticipando curiosidades o necesidades para establecer puentes hacia una ciudad que cambiaba desde la quietud de campanas hacia la promesa de las nuevas formas, de las palabras que estallaban abriéndose hacia sentidos inesperados, a otras fronteras, dejó de ser un servicio posible.
II
Bernardo toma un café con un tercero desconocido y Alberto Burnichón, que saca una plaqueta de su portafolios negro y la muestra. No siempre en el mismo bar, pero con idéntica discreción. Pregunta, escucha, toma el librito que está sobre la mesa, lo hojea como preguntándose por su destino, por el lector que finalmente habrá de encontrarlo, quizá en una librería llamada Güemes, tan al norte. Observa intranquilo que la gente pasa por la calle Deán Funes y parece calcular cuántos, qué ínfima proporción de esos que caminan se ha detenido o se detendrá a mirar sus propias vidrieras. Termina su café y anuncia tener que regresar al negocio, pero los otros dos saben que los deja solos para que comience el relato que Burnichón trae para el tercero. Un relato que no tiene secretos para Bernardo, que conoce de ausencias, de cuya razón no quiere saber detalles, puesto que siempre le bastó con los contornos generales del destino de quienes admiraba desde la distancia, o desde la prudencia, o desde el pesimismo. Alberto hablará de su amigo Iván Roqué, antes asiduo en la librería de Bernardo y desde hace meses ocupado de otras tareas, más urgentes. Mostrará fotos de otros amigos, comentará que acaba de comprar una camioneta nueva. Preguntará por un perro, evocará que en México al café le ponen canela. A viejas historias a grutas. Reencontrar conocidas cifras.
III
Nagelkop discute con un gerente editorial de Buenos Aires, un hombre pequeño de traje oscuro a rayas grises, enérgico, exigente, que muestra un paquete de libros de una editorial llamada Garfio, que señala el carácter delictual, reprochable, inexplicable para la ética entre colegas que el contenido representa. Amenaza. Explica Bernardo que publicar es como fabricar un hombre, que hay un alma y un cuerpo en los libros, que en el alma conviene distinguir entre la buena doctrina y la acertada disposición de las ideas, que en cuanto al cuerpo, se trata de cumplir con lo que recomienda Alonso de Paredes desde 1680, hacer que el libro devenga presencia apacible, hermosa, apropiable, agrega, un cuerpo esbelto en suma. Pero no habla, sigue escuchando al hombre que ha llegado desde Buenos Aires para reclamar, ordenar, condenar. Y acepta, acompañará como si él fuera el extraño al visitante durante la insoportable ceremonia de presentar múltiples paquetes del mismo libro de tapas azules al patíbulo. La guillotina acabará con la ilusión. Por esa época Bernardo pensaba probablemente que era cierto eso de que producir un libro consiste en participar en la circulación de una cultura en movimiento, que un libro resultaba de la azarosa coincidencia entre momentos, técnicas, intervenciones diferentes. Que un libro, como habrá dicho Borges en 1978, es sobre todo las maneras de considerarlo, o las lecturas posibles. ¿Por qué a Bernardo Nagelkop le tocaban en suerte estas ceremonias de la frustración, cuando en todas partes, en Venezuela pero no solamente ahí, en Buenos Aires para decir un lugar, eran decenas los que seguían la tendencia, esa refutación del derecho del autor en nombre del derecho del lector?
IV
Inaugura una exposición de Antonio Seguí, pintor cordobés por esos años. Es otro el local, había que bajar una escalera para entrar en el corazón de la librería. En el interior de uno de los pocos pasajes de entonces. La primera Paideia. Una librería a la medida de una ciudad que no conocía su futuro, que miraba asombrada nuevos rostros, casi todos inesperados. Seguí era joven, como casi todos los no aguardados. Como Marta, que hablaba de la libertad del cuerpo. O como Ulises, que discutía por entonces los vericuetos del amor, el contraste entre la experiencia vivida y la recordada, la interposición de un grabado o de una pintura en el trabajo del recuerdo de vida, la mano menuda sobre el texto de Stendhal. O la invención de una mujer inexistente llamada Madame Gherardi. Palabras miserias dolores. Agazapado el silencio o la culpa. La pintura de Seguí era quizá un preanuncio, la librería en todo caso una escena de esperanza y dificultades. Y de sueños. Hubo quienes escribían, ya en el café, en servilletas de papel, anagramas con las iniciales de sus amores. O comparaban, en el colmo del entusiasmo, a Silvio Frondizi con Sartre. Terminarían, acaso, y con los años, componiendo otros anagramas: De mi dolor no conozco el nombre. A esa librería llegaban las novedades, las ideas que confirmaban intuiciones, alguien pudo decir, o recordar ahora, que era la casilla de correos del porvenir. No eran muchos por entonces, públicos o privados, los lugares donde no sonaran las campanas de la Córdoba en tren de desaparecer. Paideia era uno de esos pocos. Allí no sólo el secreto de la pintura se desvelaba en la intimidad, también se tejía la trama de un desafío. Terzaga, Caracciolo Trejo, Mazzola, unidos estos dos alredor de Mallarmé, Oscar del Barco y sus camperas siempre negras, eventualmente Paulino Moscovic, Adolfo Montenegro ya experto en el arte de la negociación, Gustavo Roca, Enrique Revol y sus palomas atadas a las patas de la cama, Luis Mario Schneider y su manera de leer periódicos en el Liceo Militar, exaltante, Carlos Leguizamón, Carlos Giordano y su entusiasmo por las genealogías. Todavía no llegaba Luis Prieto, pero vendría pronto, estaba en el ambiente, como Pepe Cruz, o como Sempat Assadourian, ocupado tanto en la elegancia, en los gestos como en los colores pastel, como en la precisión del archivo. Schmucler, Iber H. Verdugo vibrando delicadamente por Carlos Pellicer, Alfredo Paiva y Breton, Rébora. Bernardo vivía, tan joven como ellos y con ellos, si puede decirse así al mirar esta fotografía, el momento de esplendor. No era sin embargo el suyo, era el de la ciudad que andaba buscando su nuevo nombre.
V
Contempla libros en la trastienda. Regresar como si nada a una arena. Como si la apariencia del presente. El oficio era viejo, pero tenía sentido. Presuponía el amor por la lectura, no sólo por los libros. Afán primero por los catálogos, por estar al corriente de los proyectos, casi siempre porteños. Recibir a los vendedores, la trivial correspondencia con distribuidores. Las iniciativas de la promoción, las dificultades con los retornos. Aplicada minucia en la recepción de los libros, sorpresa al recibir algunos no pedidos, indignación a veces, Bernardo se acordará, sonrisa a medias. Salen los libros de sus paquetes. Flamantes, huelen no tanto a nuevo como a expectativa. Pedirán ser colocados, demandan una decisión acerca de cuáles van a la vidriera, y cuántos, y cómo, en qué minucioso orden o composición, a las mesas o a los estantes. Orden también a la medida del deseo de quienes vendrán a buscarlos, teatral anticipación de la lectura, no sólo la del trabajo intelectual, como se ha escrito, sino esa, inédita y por entonces ya confesable, del placer. Aunque mirando esos libros recién venidos Bernardo anote las brechas entre novedad y consejo, entre lo que puede decir de cada uno de ellos a quienes vendrán al día siguiente y lo que no podrá decir, ese riesgo de ser sorprendido en una laguna, en una referencia incómoda, acaso incorrecta. El oficio incluía, desde la edad media, la capacidad y la satisfacción de abrir una puerta, la única puerta que tenía el nombre del destinatario imaginado. O descubierto. Pareja inevitable, la adquisición suponía una venta. Nagelkop borró constantemente ese último instante, lo delegó, hizo de él un asunto de terceros, el límite evidente de su estilo, oficio y no comercio.
VI
Con Pancho Aricó, Bernardo selecciona libros. Nicolai Kondratieff y los ciclos económicos, Fernando del Paso, cuáles reposiciones de los Breviarios del Fondo, cuántos del primer catálogo de Siglo XXI México, esa renuencia a Gredos que persistirá -manía, lastre o señal de que cada quien tiene su entorno. En la selección había algo de trama, de vínculo, o el rechazo de intersecciones. Bastara para el olvido, sol minúsculo o la ilusión de renacer. La foto insiste: historia de un más allá de la amistad, Aricó y Pasado y Presente, uno no sólo en la historia de los afectos y el otro ya en la Irrupción de la crítica de la Historia de la Literatura Argentina dirigida por Jitrik, no podrían suponerse sin la librería, Paideia o Córdoba, de Bernardo. En Una scelta di vita Giorgio Amendola cuenta de una librería en Nápoles de los años treinta. Los hermanos Sereni, Piero Sraffa, probablemente Salvemini, tantos otros acudían a ese local para verse, observar gestos, recoger una palabra de Benedetto Croce. Uno en la plenitud, casi todos, más jóvenes, en la ebullición del antifascismo, el socialismo, el comunismo, la revuelta, la poesía, una historia diferente, una economía repensada. Córdoba o Paideia fueron también, si no todo, porque además estaban las fábricas, los nuevos rasgos del trabajo asalariado, la universidad, si buena parte del clima de época en el que esa hazaña provincial de los nueve primeros números de Pasado y Presente pudo gestarse. O nacer los Cuadernos, de más larga vida, en alguna medida la obra de reconstrucción y recuperación de un legado que Aricó buscó con denuedo y que se pensaba, recuperado, contribuir a hacer visible una sociedad distinta. Bernardo había armado una librería abierta, no anclada en la erudición ni en la novedad, plural, móvil, grande, ansiosa de representar esa en aquel tiempo extraña figura (Barthes) de un lector conjetural, ese alguien capaz de mantener unidos en un mismo campo todas las huellas de las que está constituido el escrito. Una librería estable y al mismo tiempo inestable, instante previo y quizá símbolo, en la Córdoba de los años sesenta, de una renovada significación.
VII
Observa abrirse la temporada escolar en la librería. Fotografía de una invasión o de un despojo, Bernardo está fuera de foco. Escritos a mano, aparecen en estantes pequeños carteles con nombre de manuales, diccionarios, enciclopedias, resúmenes, cuadernos de ejercicio, complementos para el maestro, con precios en rojo. Las mesas se transforman en mostradores con listas y programas escolares, la librería es una tienda. Dura dos meses y un sombrío Bernardo cuenta los días como si todos, los libros de siempre, los amigos, los habitués, el espacio en realidad, estuvieran amontonados en el desván, diría Jitrik, de las cosas olvidadas. Largas figuras universos eras, el tiempo desciende montañas.
Se demora en los cafés, sale antes de cerrar, deja que otros se ocupen por entero de las transacciones, de explicar que no hay trueque, de atender señoras que equivocaron el título y quieren que se les devuelva el dinero, pero todos saben que al lado les prometen un descuento o les ofrecen un cuaderno de regalo por la compra. No quiere ver ni verse; confirma que, como había previsto, no se produce el tumulto, o que si se produce eso ocurre en otra parte. Negación del oficio, podría haber escrito Roger Chartier, puesto que para Bernardo el libro es ciertamente una mercancía que se propone al lector gracias a negociaciones, a arreglos permanentes entre definiciones intelectuales y estéticas del trabajo y el mundo más prosaico de editarlos y venderlos. Despojo muestra la fotografía o invasión; dicho de otra manera, ausencia de la energía social que construye y enhebra a los personajes no solamente en el comercio sino, y sobre todo, en la significación de las obras en cuestión.
VIII
Camina a media mañana por el centro de la ciudad. Persigue el recuerdo de un sueño. El chofer le había entregado un boleto rosa, de eso estaba convencido, del color del pequeño trozo de papel. Una multitud en el pasillo, el ruido de la avenida entraba por las ventanas abiertas, se sintió apretado e incapaz de poner el boleto en el bolsillo. Poco después, debía ser a la altura del Observatorio, el pasillo quedó libre. Pudo mirar hacia afuera y vio pasar casas grises, árboles sin hojas, basureros repletos. En los asientos reconoció amigos de otro tiempo. Conversaban entre ellos, uno mostraba al otro un pequeño reloj de arena. Otro, más atrás, exhibía un cenicero. Tuvo la tentación, el impulso, en seguida la necesidad de sonreír al primero que estaba sentado a la izquierda. Siguió avanzando aferrándose a triángulos de cuero para mantener el equilibrio. Llegó a la puerta trasera, bajó apresuradamente y caminó de regreso. Entre niebla o humo, eso no pudo confirmar, pero si un aire más denso, la espesura, se oyó decir. Fue encontrando uno a uno a los que se alejaban siguiendo su ruta en el ómnibus. De tanto en tanto se cruzó ahora con profesores, con algún personaje célebre, otro yacía en el umbral, con la cabeza inclinada y la boca llena de sangre, autores que presentaban libros en grandes salas semivacías, alguno preguntaba inútilmente a un vecino sordo y viejo, con una servilleta azul en la mano, un lingüista dibujaba grandes blancos de tiro con destreza inesperada, una mujer conocida recogía plantas de ensalada, a ella la vio con fondo de volcán y viento. Llegó a una plaza, vio la calle que se hacía más ancha y bajaba, una pequeña estatua sin brazos. En la vidriera de la zapatería advierte que está quieto, mirándose. Del otro lado del cristal los personajes continuaban su indiferente circulación. Decide volver a la librería.
IX
Foto de grupo en el interior de casa, hay policías uniformados y de civil, dos libreros se acercan a una vasta estantería repleta. Los autos habían subido por Martín García, doblaron a la derecha por Obispo Clara, otra vez a la izquierda por Soldado Ruiz, Tambo Nuevo, Copacabana. Bernardo se distrajo atraído por las voces en las radios. Se detuvieron ante una casa discreta, un pequeño jardín abandonado, entraron todos, o casi, al vestíbulo. Aquí viven esos estudiantes, dijo el jefe del grupo, se procede a la inspección de reglamento. Revisen todos estos libros háganme el favor, y con cuidado, aunque no tenemos mucho tiempo. Los dos libreros advirtieron colecciones completas de los Breviarios del Fondo. Historia, sociología, novelas, en orden alfabético y por temas. Casi todo el Séptimo Círculo. Mitre, Spinoza, Sartre, Martínez Estrada. Labor de coleccionista, más que de lector. Algunas obras duplicadas, Ferrater Mora, por ejemplo, y el Diccionario de Psicoanálisis de Laplanche y Pontalis. Toda una sección albergaba Gredos, Marco Tulio Cicerón, Jenofonte, Cayo Julio Solino, Aristóteles, Sexto Empírico, Opiano, Isócrates, Platón, los Bucólicos Griegos. Impecables, también los diccionarios de Corominas, de María Moliner. Abrían los libros y miraban las primeras páginas, muchas conservaban las marcas en lápiz BBB con las claves del precio de inventario. Casi ninguna el sello o la pequeña etiqueta que se ponen en el momento de la venta en caja. Bernardo miró al otro librero, pasaron al otro cuarto, igualmente repleto de libros, un escritorio escueto, una lámpara, una cama sin hacer, una radio Sony, un termo, un mate ordinario. Por la ventana entraba el sol de invierno. Sigan ustedes con la comprobación, éste es un asunto serio y urgente, exigió el jefe del grupo. Ambos siguieron la innecesaria recorrida de estantes, sacaban, abrían, cerraban, volvían a poner casi respetuosamente los libros en su sitio. Necesitaban salir de ahí, al jardín descuidado. ¿Y bien...? preguntó el hombre de uniforme. No, nada, respondió Bernardo, nada que me demuestre que alguno de estos libros fue robado en mi librería. El otro librero asintió, y agregó A mi me roban libros, alguna vez he descubierto al pícaro y lo he denunciado de inmediato. Pero aquí no tengo nada que objetar. Volvieron a subir a los autos. En el asiento trasero del que le había tocado Bernardo sonreía. La radio policial seguía sonando, pero no lo distrajo esta vez. Un ladrón de libros es algo que pertenece a la librería, una desgracia que viene con el destino, una especie de complemento a los servicios prestados a la comunidad. No es asunto de la policía, menos en estos tiempos. Detuvo la mirada en el río que estaban cruzando. Sabía quién, o quiénes. Podía recordar en qué semana, o en qué tarde precisa algunos de esos ejemplares habían desaparecido de los estantes más bajos en el negocio. Pero siempre lo intrigaría el cómo, la técnica, el ejercicio solitario, diestro y cambiante, del rapto.
X
El volumen en la mano de Bernardo tiene lomo marrón oscuro. Las tapas de cartón esquineros de tela verde. No hay títulos. Vuelve a colocarlo en su lugar. Cuando la policía llegó para incautar los libros subversivos nadie llamó para anunciar la inspección. De todos modos la aguardaba, podría suponerse que con impaciencia. ¿Qué iba sacar? En todo caso, ¿adónde llevarlos? Si de subversivo había algo, eran rastros tenues, rostros desvanecidos, otros tiempos. Los libros, otra vez, no sólo son materiales, son lecturas. Desprovistos del interés se convierten en símbolo, a los que la violencia no perdona, los extraiga para exhibirlos, o para amedrentar, o para difundir como si fuera una baba esa potencia vacía. Acudieron en tropel, alguno gritaba. Bernardo reconoció en el grupo alguien que entraba a menudo, que incluso preguntaba por algún libro, o un precio, en cierta ocasión hasta había comprado un ejemplar para regalar, según declaró. Traían cajas y bolsas. Nada de hacer un inventario de los libros secuestrados, esa es tarea posterior. Se le informará de los resultados. El volumen de lomo marrón oscuro había quedado, protegido entre novelas de Emecé para devolución. Ahora Bernardo espera a un amigo que viene de visita, un hombre que hace años vive en México; para fin de año ha enviado siempre una postal con saludos. Hay una a la entrada de la librería, a la izquierda, detrás de la caja, pegada con plástico a la pared. Un árbol de la vida. Habrán salido al café, preguntado por otros, por hijos y mujeres. Bernardo asiente. No dirá nunca que está sintiéndose solo, que las noticias no duran mucho tiempo. Habrán regresado a la librería. Los dos llegarán a la trastienda, el mismo escritorio siempre. Suena el teléfono y Bernardo hace señas de que no está para nadie. Toma delicadamente el volumen de lomo marrón oscuro. Lo entrega al visitante y dice que quedó sin que sepa bien porqué misterio no lo incautaron. Dice que al fin de cuentas no le pertenece. Y lo entrega. Es una colección de los primeros nueve números de Pasado y Presente. Sigue en México.
XI
Antes de cerrar un sábado, mira los estantes. Camina en el local sin gente. Regresa a su escritorio. Abre un cajón y saca un papel arrugado. Lee una lista de las librerías más bellas del mundo, recorte de un diario viejo. La Selexyz Dominicaen, en Maastricht, los libros dentro de una vieja iglesia, entre naves, altares y vitrales altos; Lello, en Oporto, maderas viejas relucientes, la escalera tapizada de rojo; la Border's en Glasgow, de columnas azul intenso y friso blanco humo; la pequeña Scarthin Books, en Cromford, que ofrecía hasta alojamiento para visitantes con tiempo para admirar el entorno de flores, la piedra antigua; El Péndulo, en Polanco, con árboles dentro y fuera; Keibunsha, en Kyoto, de anaqueles de minuciosa madera, leves, los globos blancos de luz, las dos puertas de verde desteñido y cortinitas de junco; El Ateneo, como se sabe; los cinco pisos de Hatchards, en Picadilly. Guarda la lista. Toma una vez más la carta que siempre estuvo en el escritorio y termina sin terminar la lectura: Desvela el monstruo de un día. Viejo de un millón de años. Aterido en el recuerdo, esa intemperie. Prepara un café a la turca.
(Publicado en Nostromo, No 3, 2010)


