Bienvenida seas
Mi imagen intrincada, decía Dylan Thomas, sigue moviéndose con el mar, ruge y se eleva
en la colina del paraíso. Así tu historia conmueve la mía, agitándola con fuerza inevitable
desde el silencio ignorado e ignorante de mi cuna hasta este presente de temblor y sueños.
De temblor y sueños estoy hecho y deshecho. No lo supe y estoy en el comienzo de saberlo
a causa de tus propios sueños, de tu libertad que se descubre, y de mi propia libertad
que se despereza, aterida en la intemperie de un pasado que no podría nombrar ni imaginar.
Nombro es cierto, imagino ahora mismo pájaros y nubes, tu rostro y tu falda gris tan tenues
en mañanas y tardes de Santiago, inicio breve y fulgurante, imposible de escapar tanto amor
me prometía en la parálisis de entonces, esa ventana a la montaña ignorada enorme ajena.
Imagino es cierto, nombro ahora mismo un encuentro deseado y tan deseado. Buen día dijiste
ya tan cerca como distante en la sorpresa y aún la coraza que me protegía entonces
de toda vida y de sus misterios, de la aventura de cambiar para gozar o sufrir o mirarte.
Buen día dijiste para entrar y desde siempre abrir la puerta de la vida, de toda vida a esa muerte que era entonces la savia y la sangre y la piel y los vestidos y los pasos y los gestos
de un hombre empecinado en no mirar dentro, en dejar afuera la pasión y sus gritos.
La pasión y la gigantesca hoguera que amenazaba destruir certidumbres de alma pobre.
De la falsa piedad o del compromiso sin peligro o del ruido sin explosiones ni campana, certezas vanas o sin gloria, grandes eran las ventanas de Roma imposibles para un ciego.
Te acercaste en esos días volando a tu muerte. Vecina la sentiste, íntima y alada, vacía.
De sus golpes o de su insistencia habrás obtenido el paisaje que recorres y recoges,
De sus golpes o de su insistencia habrás obtenido el paisaje que recorres y recoges,
esos prados verdes que suben entre piedras y desde arroyos de primaveras, tibios.
Alguna cumbre desde la que tu infancia desciende todavía en la marca primitiva y fresca
en el aire frío respiras aún la brisa del riesgo y de una luz que acompaña en la lejanía alerces
y hacia el fondo de los valles la intensa sensación de un descenso hacia ti misma, floreciente.
Te acercaste a tu muerte y atrevida inquietaste mi silencio buscando de tu hombre un signo
en ese rincón del hospital o en esa esquina de sendero o en ese cuarto pequeño de libros
en esos estantes de la mano de tu padre el que caminaba con un perro un puente en ruinas.
Quisiste volver y no era ya posible. Habrías de reinventarte esta vez volando azul de pétalos
cubría el algodón tus brazos y tus senos, la forma juvenil de tu espalda, la destreza indeleble
de tu cintura, la forma y tersura de tu vientre, anunciaba las piernas firmes, esa sinceridad.
Reinventada llegaste y encontraste el estupor de quien, elegido, temía por si mismo. Habrías de abrazarme en una calle oscura, esperar que en mi se abriera una apertura, la entrada hacia mi mismo, me besaste como aguardando un renacer indispensable, una salvación.
Un otro, yo mismo reinventado por tu gracia, aún dudando de su amor, aún temeroso de si
y de tu fuerza. Pero habrías de llegar como llegaste, para dar cuenta de la ilusión paciente,
enhebrar durante días o noches, meses enteros, años sabemos tu y yo, mi nueva historia.
Abriste moradas y proyectos; hiciste visibles aguas breves de montaña, secretas vías, quebradas,
senderos de arena amarilla entre recuerdos de pastores, abriste memorias sin texto todavía,
músicas sin instrumento, poemas por leer, complejas historias escondidas en el hielo.
Te he visto crecer, formarse en ti la mujer que inventaste a fuerza de amor y en silencio.
A fuerza de creer en mi y en lo que de mi deseabas. Te he visto crecer, talismán inteligente
y siempre fresco, anhelo de palabras antes no escritas para describir lo que veía yo en tu vida.
De tu vida nueva he visto casi todo. Incapaz de la cadencia que esperabas. O mudo.
O ciego. Y confieso ver en ello el rastro y todos los rostros del viejo temor, del temblor ajeno
o heredado. Del miedo antiguo a observar que toda certidumbre es vana, escudo deplorable.
Y de esa vida tuya nueva, nueva de diez, o doce, o cuarenta y nueve años, he sido incapaz
también de hablarte, o de hablarme. Por eso recuerdo ahora la imagen intrincada, torvas
las raíces que parecen hojas, las ramas que simulan corteza, las hojas pájaros muertos.
Ahora escribo sin promesa, aunque siento en la desprotección de una piel hecha trizas,
de nervios en la flor del aire, expuestos ardientes de dolor al sol y al barro, nido de insectos,
insomnios en los que tu amor añoro y temo, en los que tus sueños me aterran, tu aliento.
Tu aliento me sobresalta en el insomnio, temo la pasión que me invade, o que debiera
ser la forma finalmente inédita que has esperado o intentado parir desde la nada,
ese espejo de tu amor, ese amor del que mereces, primero, el canto y, segundo, el sacrificio.
Hasta este presente de temor y sueños he llegado como parte de tu viaje, misterio y silencio
de tu existencia. No es intacta la vida que me ofreces, ni perfecta, ni eterna, ni muda o ciega,
es simplemente toda la vida que mereces y anuncias merece tu hombre, ese nombre.
Ese nombre que encontraste en un rincón de esquina de hospital o de ventana de sendero
y que me es empero aún ajeno, acaso ahora más cercano, sería la esperanza de días recientes
de sufrir a mi turno la visita de la nada, la ternura viciosa de la muerte o del abismo.
Nombro e imagino hoy tu vida, la nombro como parte de la mía que mereces, ¿aceptaré
el respiro de tu tierra y de tus cielos como la palabra que puebla tus silencios y los dibuja
con los signos de una pasión esplendorosa y tímida, de tu recogimiento de esplendor?
Imagen intrincada también la tuya, esa que veo ahora entre millones de espejos de tu vello
ese perfume, caricia del antiguo algodón azul o de ese lino malva y sin límites. Aromada
presencia de piel, de sexo, de sangre, de vibración y resonancia, perla de polvo en el aire.
En el aire de esta tarde de París en la que vuelves a ser esa mujer que entrara en mi, mañana
del sur en otros mundos, de atardecer de sol entre pinos y ruinas, de ovejas entre amapolas
y monjas presurosas, de hembras adormecidas entre sollozos de mármol y ostras incesantes.
Maraña de mi origen, selva de infierno y praderas de ciudades en lugares apartados del planeta.
Hay una línea en que coincide ahora tu infinito y el amor que en mi nace, o me renace,
o me desvela en el desvelo de la letra. Es la línea que se traza desde tu piel y tu memoria.
Abundancia de intervalos, intersticio, élitro, cuerda tensa en el sonido, esa línea es el origen
recuperado, el nombre que has hecho tal vez posible. Intrincada imagen de mi destino, destino
intrincado de este presente de amor, de temor y de sueños. Amada mía, bienvenida seas.


