Diez años, mi padre en la memoria

casi al final

 Hace diez años murió mi padre. No murió ni de vejez ni de debilidad. Estaba enfermo, ciertamente, los huesos eran un sufrimiento creciente, había nacido en 1913 y estaba próximo a cumplir 87 años, pero no carecía ni de fuerzas ni de esperanzas. Algo en su interior habrá aparecido como una amenaza negra, que le impedía pensar. Me gustaría afirmar que fue esa la causa de su muerte, la certidumbre que a partir de cierta mañana de diciembre del último año del siglo ya no podría continuar preguntándose los por qué de las cosas, de los hechos, y sobre todo de las palabras y los números. Se fue, simplemente, para no estar ausente.

 
De niño le ocurrió conocer que la muerte entra llamando a la puerta de una vieja casona, con patios, vides, fuentes de peces de colores, pasillos largos y cuartos oscuros de misterio, hechos para las fotos amarillentas, con altísimo álamo al fondo, de esos que deben caer antes de morir, no vaya a ser que se derrumben inesperadamente con un gran viento de fin de invierno y dañen los techos. Su propio padre había caído fulminado en una calle de Río Cuarto en plena mañana. La muerte entró en la memoria a plena luz, cuando el niño que dejó de serlo en ese momento jugaba vaya saber en cuál de los rincones solitarios, sin ocasión de despedida, como algo que anuncia que así, no sirve seguir, y allí quedó como forma del destino, en tranquila espera.
 
Diestro para todo observaba con mirada idéntica el cuero de la pelota, las sierras peladas, las brasas y las nieves, sus hijos y los naipes de la baraja, los ríos y el camino que corría por debajo de ruedas o marchas de caballo, como si hechos, cosas, rastros, pájaros, cometas, bancos de escuela o mariposas, pudiesen ser apuntados entre la mira y el guión de afectos siempre en busca de su propio nombre. Plantó árboles, los vio crecer en lugares que amaba porque le devolvían el rastro de su paso menudo, veloz, prudente, atento a los signos inesperados. Volvía una y otra vez a la unión de los dos ríos, retornaba a subir pequeñas montañas para descubrir del otro lado valles enormes, la suavidad de los cielos entonces tan claros. Cultivó las artes de su memoria, en particular el registro de pequeños artefactos, tornillos, etiquetas, posiciones, ángulos, sonidos. Aprendió poemas de memoria, largos cantos de la geografía y los paisajes de la pampa, aprendió en ellos que el ombú era una marca indeleble. Los habrá repetido mientras asaba como pocos, obteniendo la dulzura de la carne en un sabor que pudo ser transparente, pero eso era un deseo, una ilusión en cuya búsqueda uno podía perseverar sin fatiga y con placer. Aunque es probable que en materia de marcas indelebles, haya continuado indagando de qué, de qué cosa, de qué sentimiento, de qué identidad perceptible ese ombú habría sido la marca, la representación.
 
Encontró, dicen y él dejaba decir, a su mujer en una feria de pueblo. ¿Ella atendía un quiosco de lotería o de tiro al blanco? Obtuvo un premio y lo ofreció, vestido entonces de un uniforme militar, claro el rostro, mirada de color cambiante, sabiendo que entre esa muchacha morena, elegante, tan joven, y él había una distancia tan larga como la que acontece siempre entre el barrio del que él venía y el centro de la ciudad, espacio que siempre le pareció ajeno, poblado de gente acostumbrada a no ver, a caminar entre invisibles. La acompañó desde entonces y sin fallas. No era un hombre solícito, era un hombre que cumplía.
 
Le fascinaba el mundo de las letras. Supo escribirlas y aprendió a dibujarlas con plumas Sterbrook de complicada geometría. Cómo eran las mismas en diversos tamaños y formas, cómo la proyección y la perspectiva mantenían hasta límites insospechados el sentido y la capacidad de la lectura. Apreciaba el trabajo del pantógrafo sintiendo cómo en el tenue sonido del lápiz que se desliza lejos una nueva manera de ser y de estar iba concretándose del otro lado de la cartulina blanca. Entretanto, esperaba que su mujer se sentara al piano: entre sus propias destrezas y las ajenas había también una distancia intransitable, un abismo que ese hombre respetaba, reconocía y admiraba, orgulloso de quienes de entre los suyos lograban aparecer, mostrarse un momento en la otra orilla. Aguardaba, es posible que aguardara, que en esos casos desde allí le llegara un saludo, una sonrisa.
 
Amó a sus hijos y los dejó ir. Sufría quizá cuando los recuerdos no eran los primeros para él, sino para su mujer o su suegro, o las preguntas iniciales de una carta. Aceptaba que los hechos habían organizado las cosas y la casa de un modo tal en el que él era siempre una especie de invitado. Mi padre fue un hombre sin casa propia, toda la vida, salvo en los últimos años y aún entonces, desaparecidos los ancestros, fueron los hijos quienes tuvieron una palabra decisiva, sea en la elección como en la disposición y los arreglos. Es cierto sin embargo que tuvo su casa en un terreno vacío lejos del centro, una casa siempre invisible. Visitó por años ese pedazo de tierra, contaba cómo sería una construcción allí, discutía dónde poner el asador, la presencia de sombras frescas en verano y de sol en invierno.
 
Se habrá asombrado cuando le dije que él era el único inteligente de la familia. Me había mostrado quiénes lo eran, en la ciudad sobre todo. Y yo busqué por años allí donde me parecía debía residir ese atributo. Heredé la noción del abismo que separa, la tentación de acompañar sin preguntarse demasiado por el amor. Nunca tendré ni sus ojos ni su mirada, pero los sigo buscando, ahora en otros que tienen su nombre y en los que advierto su presencia.
 
Habrá muerto, como se dice por ahí, hace hoy diez años, tras veinte días de silencio interminable, apenas unas horas después de que llegué al cuarto de sanatorio en el que respiraba con dificultad. Estuvimos juntos una hora, dos, tan largas. Se habrá despedido, en todo caso me ofreció a mi el tiempo de hacerlo. Lo vi ya cuerpo frío, en una camilla, lejos de todo. Acaricié la mano que dibujara letras y gastara páginas de diccionario, que avivara fuegos y desplazara cuerpos con fuerza y sin agitación. Estaba allí desnudo, intacto, si puedo decir atlético, armonioso aunque como siempre las piernas eran más cortas de lo debido. Recordé fotos, lo vi por primera ocasión jugando al fútbol, arriba de un caballo, manejando jeeps antiguos, haciendo sonar la trompeta en una banda de música, firmando cuidadosamente una carta, llorando junto al aparato de radio porque una esperanza había dejado de serlo. Enfriándose, ese cuerpo me abrazó como pocas veces antes. Vi mi origen. Saqué con facilidad el anillo de matrimonio. Creo que también otro, signo de alguna escuela o profesión. Más tarde regresé durante horas con un minúsculo cofre de madera. Adentro estaban sus cenizas. Imaginé que muriendo mi padre había recordado con asombro títulos de libro todos con siete letras, o palindromas, o los múltiples nombres de los dioses del fuego, del agua, del aire, del sonido.