Simone Martini, tiempo y fulgor
Dice mi amigo Noé:
pude haber sido conciente de que en la escritura el tiempo se amansa o se detiene. Pero, también fui conciente de que ahí no termina todo y que la escritura puede hacer défaillance o sea, en criollo, dejarlo a uno a la merced de las olas de ese mar que no es la eternidad. ¿Tiene comienzos? La pregunta preocupó a Valéry en sus años mozos, a nosotros se nos viene encima pero no por lo náutico sino por la implacable caída de los días. Experiencia sensible en La Cumbre: levántase uno y la frescura de la mañana promete y luego el ocuparla y el desenvolverse de las cosas va desgranando lo que creía uno que tenía entre los dedos. Y la noche lo confunde todo en materia de tiempo. Y entonces vienen las comparaciones y los turbios relatos de semejantes acabados por esas cosas injustas de la existencia. Pero también hay otras eternidades:
Simone Martini, La Anunciación. El cuadro tiene casi setecientos años y su fulgor continúa. Tal vez ese fulgor se apague, después de todo, mi más remoto antecesor, que capeó los temporales, después de los novecientos años se agotó. Miro ese cuadro y veo cosas nuevas cada vez, mensajes secretos, crípticos, que me atrevo a descifrar. Y si él perdura ¿tiene importancia que mi tiempo se disipe?
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