Viaje terrestre y celeste de Simone Martini
Poema de Mario Luzi
Fragmentos (traducción de lector)*
para Marie-Pierre Cordier,
el 26 de enero 2010.
El vigor del ser
o la pena
de las generaciones
quizá algo distinto
me empujaba hacia adelante
o hacia atrás.
En esa ardiente
alquimia de toda la materia,
de todo el espíritu,
en esa nueva numinosa génesis.
¿Quién era? ¿de dónde era la música,
del éter o de las profundidades?
Fue un ansia
del corazón, presunción
insana, de decidirlo la mente,
todavía obtusa, todavía demasiado humana.
Disputa, división –
¿serás siempre
y serás siempre soberana?
Lo humilla
ser - lo siente –
cercado
por el deseo humano.
Lo aflige
sobre si
ese aliento
o esa avidez
de una mente
sabueso que lo indaga
y no lo reconoce
en si vivo desde siempre –
así a menudo lo pienso
paciente e insufriente
¿quién? lo único pensable
que me es dado,
que me es mostrado apenas
que no nombro –no oso,
¿cómo nombrarlo?
es sólo
es siempre el mío
yo que se prolonga
con su inquietud,
temo -¿cómo nombrarlo? Nomen…
¿En la mente humana?
¿o en el universo?
¿o en un más alto
no distinto soberano?
¿Es él,
allá
o su ausencia?
Es y no es,
entra
y sale del deseo
y de su memoria,
entra
y sale del nombre
y acaso de la esencia.
Así lo agitaba
en los siglos
y aún lo atormenta,
separados
ellos de él, a él ligados
por un hilo obscuro
no obstante reluciente
de ausencia y de inminencia.
¿Por qué no se miran todos en el rostro
y no reconocen en ustedes la vida
donde todos estamos?
Háganlo –suplica, me parece. Háganlo.
Dentro de la lengua mora,
¿hasta dónde,
hasta cuál primera semilla
del humano balbuceo? –
Desciende esos abismos, baja
en precipicios,
a lo largo de vetas y fibras
vibrantes algunas
otras osificadas
de desuso y tiempo.
Lo atraen
en su religioso seno
rincones, laberintos,
hasta mares de densa obscuridad
hacia las ínfimas raíces
hasta
el todavía mudo verbo,
mudo aunque
aclamado
ya, fuerte, de su inminencia.
Y he aquí –¡o felicidad! –es visible
el otro cielo por la espera
no tocado por la creación,
no habitado por el pensamiento
pero de su potencia
y es paraíso.
Quien es –súbitamente no conoce
ése que en su lugar
y bajo su apariencia
entra luego en lo creado,
hiende
gozosamente en los flancos
el aire, las mil refracciones,
la azul pequeña costra
de la nueva, de la húmeda mañana.
El no fue nunca rígidamente él
sino un tronco pululante
de toda vida
imaginada vivida
futura pasada… Y no obstante
experto
del mal y de las panaceas del mal
sabe
que en un punto irrevocable
de su peregrinaje lo dirá:
“Clávame a la cruz
de mi identidad,
así como fue hecho
por ti y por la tuya
de quien toma el dolor
y el sentido toda crucifixión
cada uno a los brazos de su persona”.
Esa aurora, esa excitada orilla,
ese aire relustrante
en el que ocurre
la futura primavera
todavía encerrada
en el corazón del invierno-
Reencuentra,
el sentido, reencuentra
entre sorpresa
y espera ese mirífico
vacilar,
reencuentra el estupor
del regreso
a sí misma de la vida-
¿de dónde? no hay exilio,
no hay fuga ni salida
esa –reencuentra ese portento
y su temblor, su
indecible dispersión,
reencuentra el tiempo,
reencuentra él mismo
prodigiosamente el sentido.
El hombre –o la sombra–
que sobre el hacerse de la noche
gira
y mira a sus espaldas el día
y vislumbra
en fragmentos y hebras
el bien
y el malhecho humano–
pero confuso
es el perfil de la obra
alta la hierba
que la sumerge.
Y dejan
astillas, escombros, restos de techos
suspendido el polvo.
Se extravían cálculo y criterio.
Se desorienta el corazón.
No puede afuera distinguir
ni adentro el sí mismo,
se pierde en el enigma
de su especie el hombre
o la sombra, la sombra y el hombre.
Pero
un fulgor sutil la descubre,
una sola luz la elimina.
Mundo en ansia de nacer… Pero estrecha
es la puerta del origen,
por miríadas se apiñan al principio;
legiones se enfrentan
allí, en la minúscula apertura,
la entrada al recinto,
pocos llegan
al caldo y a la substancia de la vida.
Pero en época de gracia
o de indulgencia
es más blando el despedazar,
entonces
irrumpen en gran número,
permanecen si y no
un instante sobre el abismo
y de pronto invaden
en todas sus partes el campo. Hete aquí
suben
el uno
sobre el otro, el uno del otro, caen
generaciones tras generaciones…
Y nosotros del remolino
de un obscuro tiempo
allí, en ese enjambre–
hila
cada uno el hilo
luminoso
y doloroso de la gran trama,
teje una historia
en la historia
su profunda eternidad.
La brecha que se me abre
a veces
por obra no sé
de cuál plegaria
o de cuál intercesión
en la roca
no altera, es verdad, mucho
pero de soledad
¿qué pasaje
es, adónde lleva?
Penetra una parte
de mi, la atrae
ese agujero
a una vorágine
de muerta
y de increada
fertilidad.
Me toma
en sí esa fuerza,
me deja a mi suerte
la onda.
Así conozco el hilo
de crin sibilina
que enlaza
separación y unión.
¿Esto querías
que yo supiera?
¿Quizá ahora lo sé? ¿No suficiente?
Petrarca
¿Por qué no lo dejaba
un momento
con la mirada?
Lo seguía a cada instante
de la obra, escrutaba
el laborioso hacerse
de los rostros, de los pliegues
esperaba temblando
la almendra de los ojos
de los ojos su misterioso dardo.
“Estudiaba el poeta de la Corte
maestro en cortesía
mi soberanía, mi maestría
pedía limosna
de luz y de piedad
a mi historia su arte
que no tenía historia –devorada
por la belleza, sedienta de gracia.”
Todavía es ambigua
luminiscencia
ahí está
avanza, viene
al centro de su campo,
aumenta en entidad,
crece en vigor
de alma y de lineamiento.
¿Visión? Si, visión
¿cómo llamarla de otro modo?
Pero no es esa del corazón
ni la del sueño, viene
- lo sabe profundamente-
de la semilla
de una remota presciencia
de padres, de sabios. Hacia él
viene, para que en imágenes se aclare,
para que en imágenes se grabe
y resplandezca su trabajo
y lo inquiete y lo capture
con sus tierras, sus azules,
sus oros. ¡O delirio
de sobrehumana gracia!.
*) Existe una traducción en español, de M.J. de Ruschi Crespo, Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 2002.


