Tomás Eloy Martínez

tomás eloy martínez en 2006, foto publicada por The Independent
tomás eloy martinez, foto publicada por ideasdebabel
tomás eloy martinez, foto publicada por ideasdebabel

 Murió en Buenos Aires este 31 de enero. Todavía tengo clara su voz en el teléfono, hace tantísimos años. Acababa de publicar Sagrado. Héctor Schmucler me pidió escribir una nota para Los Libros, y la imprimió.

 
Creo que fue una página entera de esa revista en tamaño medio clarín, como se llamaba por entonces una revista de formato grande. Tomás Eloy habló y me dejó hablar en el teléfono. El estaba en Buenos Aires, vivía en un departamento que daba a los jardines de Palermo. Yo en el escritorio de una compañía de seguros, en Córdoba. Cuando llegó el momento de cortar, preguntó -Decime, ¿te gustó mi novela?. Semanas después me regaló un libro, La historia trágica de la literatura, de W. Muschg.
 
Inventaba historias para contar la realidad, se ha dicho y con razón. Rehizo para muchos de nosotros, más jóvenes, la idea del periodismo y con ello de la relación posible entre un lector y los diarios o semanarios. Fue un hombre que creyó en el horizonte de país que amaneció allá por los años sesenta, otra modernidad, otro lenguaje, otra democracia, otra manera de hablar y de ser. Y que entre los primeros advirtió cómo se cancelaba la esperanza o, mejor dicho, cómo resultaba imposible a causa de misterios que después habrían de ocupar sus trabajos de indagación, sea que terminaran en novelas o en artículos quincenales.
 
Tomás Eloy Martínez tuvo el talento, privilegio, oportunidad, condena, de advertir cuándo esa imposibilidad se manifestó llena de sangre: la masacre de Trelew, a la que llamó La pasión según Trelew. El rostro de Susana Lesgart, de niña violinista (?) en una orquesta de cámara familiar en el barrio General Paz de Córdoba, alto y ya distante, esperando por los disparos inminentes, fin de una historia de vida, comienzo de otro misterio, podrá haber sido el Aleph de esa pasión finalmente inescrutable.
 
Acaso los gatos, o la bomba en Hiroshima, o los camiones que arrastran centenares de seres humanos hacia la nada, o los conductores ebrios que cancelan en un instante la vida de una mujer en medio de la calle, o la voz total de un cantor de tangos hemofílico, o el vuelo final de un presidente tramposo al largo de Valparaíso, o la sensibilidad de un vecino que atestigua el paso, la disolución del tiempo, o la intuición que espera insoportable a la vuelta de cada esquina, o un niño que camina solo en larga vereda de día nublado, o un hombre que entra vestido de guayabera a un taxi para salir inmediatamente por la otra puerta con traje de ceremonia y se llama Gabriel pero nadie lo sabe todavía, o descubrir que cuando alguien escribe descubre que Tununa lo está mirando desde un balcón que da a la calle que comienza a ser en el texto, acaso ésas fueran algunas de las razones que le permitieron vivir todos los años que vivió. Indagando, entrando en los rincones en los que reposa no la verdad sino una de las tantas posibles formas de lo que puede, pudo o podrá haber sido verosímil -apariencia y no manifestación, síntoma desafiante.
 
Tomás Eloy llegó de visita a una casa en Cuernavaca que daba en ese tiempo a una barranca que parecía jardín japonés, llena de orquídeas salvajes. Poco antes, a unos metros de allí, el féretro de Manuel Puig había estado solo durante varias horas, un par de libros encima. De tanto en tanto pasaban por esa casa cuervos invisibles, anticipando noticias siempre infaustas. Leyó en algún momento un breve escrito acerca de qué pasaba con una actriz mexicana mientras esperaba en la antesala a ser recibida por Fidel Castro. Miró al autor, sonrió, dijo –Adelante, es hermoso, y miró a otros dos allí presentes como para que se encargaran de recordar que quien recibía el elogio estaba también recibiendo la sugerencia de que hacer eso era una manera, difícil y angustiosa, de vivir en el mundo: aceptando las preguntas, inventando, con modestia y rigor, con audacia, unas respuestas a las que se sabe siempre precarias.
 
Sólo la vida como certidumbre, y el espectáculo indescriptible de todas las vidas, podrían sugerir un Tomás Eloy Martínez, hombre y escritor sin certidumbres ni tranquilidad, su interés y su propia pasión, y su generosidad, y su obra, ese relato inconcluso y bello de la frustración y sus dolores.