terremoto en Chile
dicen que los gatos o algunos insectos los sienten llegar: los primeros se mueven inquietos, saltan paredes desacostumbradas, se les eriza el pelo del lomo; los segundos cambian el sentido de sus recorridos, disciplinadamente como siempre, pero al revés.
Los seres humanos no, siempre son los sorprendidos, los segundos de sacudida les aparecen interminables, buscan protegerse abajo del marco de una puerta, intentan salir a la calle. Si miran por la ventana y es de noche, advierten las grandes chispas de los hilos de electricidad que bailan y se tocan. Después es el silencio y el polvo. En el vacío esperan azorados.
Luego sobreviene el espanto, ruidoso, de gritos, de techos que continúan derrumbándose, el mismo perro que aúlla al mismo tiempo en un punto del norte, en otro del sur, arriba, abajo, en el este y en el oeste. Con lentitud se recobra el movimiento. Miles hacen lo mismo sin percibir la simultaneidad. El descubrimiento de los daños es, si se quiere, secretamente colectivo. No hay palabras para nombrarlo, para nombrarse, para contar la desesperación, el espanto, el dolor, la inquietud que se difunde como un aire espeso. Todos saben sin saber del otro todavía. El terremoto produce víctimas solitarias.
En unas horas eso cambia, porque le toca el turno a la sociedad. Es entonces cuando el descubrimiento es total y devastador: el terremoto ha desventrado la imagen cotidiana: asoman por todos lados las partes y formas de la vida que nadie ve, aunque todos sospecharan que ahí estaban. La fragilidad de techos y muros, las proporciones de cemento no respetadas, los diámetros del acero de construcción más delgados que lo prometido, la pobreza, la tristeza de la vida cotidiana están ahí, a la vista, en ese departamento que quedó a la mitad, la cama con un par de patas sobre el abismo, la ropa esparcida, pañales sucios adheridos a la pared y que el viento mece durante largo tiempo, hasta que finalmente caen sordamente.
Poco más tarde son otras las intimidades que aparecen: con la luz del mediodía, durante el primer día, o al siguiente, o aún con más certeza durante el tercero, cuando las noticias toman cuerpo y están sueltas, el silencio de las cadenas de radio o de televisión les permite circular con libertad, pasar del rumor a la certidumbre y de la certidumbre a la conjetura, y muestran algo que todos también sabían pero no reconocerlo es la condición de vida en el planeta de los sanos, de los que tienen todo el tiempo la energía disponible para triunfar y sobresalir en los negocios, para vender sobre todo la idea de que a uno todo le va bien, puesto que si dice o acepta o permite que se diga lo contrario está desde ese momento arrinconado en el desván de las cosas inservibles.
Había pues dolor y rabia acumulados, y aparecen. Había pues servicios públicos frágiles, y la fragilidad se hace evidente.
Había pues envidia de tener cosas por las que no puede pagarse, y la destrucción y la pausa del control hacen viable la posesión rápida, el riesgo es el nombre de la oportunidad.
¿Qué orden puede esperarse del combate por el agua en ese camión que llega, si arrebatar como se puede es la norma entre los más educados, los que compiten y ganan?
¿Cuál es después de todo la solidaridad esperable, el reparto justo, si antes y después del terremoto no hay ni lo uno ni lo otro, y el reparto es, en todo caso, lo que cada quien puede conseguir por astucia, por trampa, en la total libertad del uno por si y nada más que por si y para si?


