josé luis meléndez, un día especial
José Luis Meléndez Vega ha muerto a la madrugada del 28 de abril, me escribe Lázaro Cano. En Tizimín ha muerto, el lugar que eligió, supongo, para seguir mirando alrededor con sorpresa incesante, con paciencia también, y con asombro de estar ahí: tres maneras Meléndez de soñar.
¿Habrá sido en 1975 o en 1976? ¿Fue porque Adalberto Ríos conoció a ese hombre joven en alguna facultad de la UNAM y sugirió su nombre para que se comenzara a formar un pequeño grupo de trabajo en comunicación rural en Tepic 39, en la Colonia Roma de entonces? Tan lejos en la memoria lo encuentro hoy, probablemente antes de que lo entierren en esa ciudad de oriente de Yucatán. Espero que no esté solo durante este último acto de su existencia, que no se haya sentido solo en las últimas horas, que su memoria haya concurrido con voces, espacios, imágenes, alguna tarjeta postal enviada desde lugares remotos con una palabra de amistad y de reconocimiento.
¿Se habrá visto otra vez en la cubierta de un barco de bandera cubana, o de tripulación cubana, al largo de Cancún, en búsqueda del huracán Gilberto, o como se llamara ese viento devastador, con la cámara en la mano, oscilando todo el cuerpo y protegiéndose de todo en lo que veía para que otros vieran después? Quizá no, y hayan sido nombres los que acudían en ese último encuentro: Dzonot Carretero, Cenotillo, Río Lagartos y los flamencos de aquella época, Calotmul, Chancenote, Tixcancab… Nombres en la planicie interminable y misteriosa, palabras para cenotes, palabras para el maíz, palabras especialmente para los rostros de campesinos que amaba, a los que llegó a querer sin la intermediación de la literatura, en los que supo, hombres y piedras blancas, árboles y plantas, flores y abejas, ratones de campo y arañas, gusanos velludos y pájaros distantes, gallinas de cogote calvo, aguas furtivas de presencia cercana, siempre abajo, en los que supo reconocer la intensidad del pasado y la angustia del presente.
¿Habrá querido siempre ser un pintor y no pudo serlo? Cuando llegó, 1975 o 1976, pintaba. Poco y sólo para si mismo. Todo lo demás era para otros. Aceptó trabajar en un pequeño garaje de esa vieja casa de Tepic 39. Compró madera y armó algo que se parecía levemente a un gran piano. Puso dos o tres monitores de televisión, montó una grabadora de video, blanco y negro, cinta abierta, una pulgada, con la que se podía editar de un modo, hoy se diría, grosero y artesanal. La cámara era igualmente primitiva. Habrá salido hacia las vecindades de Chontalpa, Lázaro Cárdenas, en Tabasco. Habrá recogido imágenes después de las lluvias, terrenos inundados, soledades del cacao y de mosquitos, habrá recogido palabras de queja, de esperanza, de una quizá imposible confianza.
Con el piano, con las imágenes y el sonido de esa cámara primitiva, borrosas como los nenúfares de Monet, eventualmente de la misma ensoñada profundidad, habrá editado uno, dos programas. Habrá aceptado poner una pista de audio con trozos de Villa-Lobos, bachianas brasileiras. Habrá cruzado al edificio de enfrente, en el 40 de la misma calle Tepic. Hubo un grupo de ingenieros jóvenes congregados para mirar esos videos por primera vez. Habrá notado, el primero, la sonrisa colectiva que comenzó a formarse enseguida, a las primeras imágenes. Y luego la risa abierta, una crítica sin piedad y ¿por qué no? franca. Es que por ese tiempo el mismo trozo de música servía de motivo para una telenovela de mucha audiencia, ¿peruana era la telenovela? ¿o con una actriz joven llamada Ofelia Medina? Nadie podría afirmar una u otra cosa hoy, ni siquiera la existencia de esos dos programas de video, o la reunión en Tepic 40. Menos recordar que allí nacía, del piano, de la editora flamante pero ya vieja, una experiencia de comunicación rural que duró más de veinte años, que dio origen a tesis de grado y a comentarios internacionales, que llegó a presentarse, ya extinta, en foros internacionales, y a la que expertos internacionales como Colin Fraser o Colin Mackenzie, o Silvia Balit, o Marc Wilson, consideraron entre las más innovadoras, originales y útiles en materia de desarrollo rural en esa última parte del siglo XX. José Luis Meléndez fue quien hizo nacer esa experiencia, en la humilde intimidad del garaje, con sus brazos llenos de una cicatriz impresionante.
La vida de Meléndez estuvo marcada por esa cicatriz. Trabajaba en una carpintería, hubo un incendio, quedó atrapado por el cerco de llamas y calor, imagino a causa de que intentó, el último, proteger una sierra circular, una caja de herramientas. Morir no era su destino en ese momento, y me pregunto si habrá cambiado de punto de vista este último 28 de abril en Tizimín a las tres de la mañana. No era su destino porque morir no le proporcionaba ningún consuelo, ninguna satisfacción. El muro de la carpintería estaba al rojo, pero entre el borde superior y el techo de lámina había espacio, detrás del humo y de las llamas. Se encaramó y logró saltar, los brazos ardiendo, y cayó del otro lado.
Para llegar más tarde a Tepic 39 y quedarse en ese grupo hasta jubilar, hace unos pocos años, y poner casa en Tizimín, Calle 27 315 Fovisste. O fue José Luis o fue Felipe Bañuelos, uno u otro deberá disculpar el error. Lo cierto es que en el Oriente de Yucatán el trabajo en comunidades mayas consistente en escuchar y propiciar la conversación acerca de los problemas y las soluciones comenzó de manera espectacular. José Luis (o Felipe) llegaron sin saber una palabra de la lengua local, con un audiovisual de presentación: para qué estaban ahí, José Luis o Felipe, para qué habían llegado ingenieros en los últimos meses, preguntando, sugiriendo que tal vez, pronto un proyecto nuevo. ¿Cómo mostrarlo? Había una iglesia pequeña, de muros descascarados y un relente de amarillo. Sin ventanas. La noche comenzó llena de estrellas, y puso José Luis a funcionar el proyector. Comenzaba con una fotografía de campanario en la planicie yucateca. Sonaba, distante, una campana. Es conjeturable que todo el pueblo, sin otra cosa qué hacer a esa hora, estuviera mirando las fotografías, algo renuentes, que escucharan la traducción que alguien del lugar les iba dictando del texto hablado en español. Pidieron verlo otra vez, es posible. José Luis contó después que lo había impresionado, más que el interés, el silencio del final, ya sin la luz del proyector sobre el muro, sólo las estrellas en la planicie, el pueblo hablando, acaso, en voz muy baja.
Se empeñó José Luis Meléndez en seguirle la pista a ese silencio. Un profesor universitario, mayólogo y lingüista, aceptó trasformar en programas de video un curso de maya para quienes trabajaran en la Península. José Luis grabó esas clases, las editó, hizo las copias, organizó la impresión de los cuadernos correspondientes. Y continuó, cámara y editora, escuchando a campesinos y generando programas de información, cada uno mejor que el anterior, en las tomas, en las modalidades de la edición, en la fidelidad de los registros de palabra del lugar. En el afán de permitir la comprensión y el diálogo llegó a extremos casi borgianos: a un minuto de realidad debía corresponder un minuto exacto de video. Fue el caso, es una conjetura, de su serie sobre cómo mejorar la cría de aves de traspatio, o la producción de miel.
Seguirle la pista al silencio, tratar de crearlo evitando la tentación de llenarlo con palabras, y con ello calmar no el interés de los campesinos sino la incertidumbre o la inquietud del técnico de visita. Colin Mackenzie llegó un día, a fines de los años 1980, a una reunión de campesinos en algún lugar cuyo nombre comenzaba con Dzonot, que quiere decir cenote, y notó ese silencio inicial. Preguntó por qué. Luego escribiría que entre los hallazgos metodológicos del trabajo de comunicación figuraba ese en primer lugar: la comunicación comienza por establecer el silencio como el espacio en el que un diálogo es posible. Nunca supo de José Luis Meléndez, y como muchos, supo solamente de los resultados de su trabajo.
Estuvo José Luis en casi todos los grandes momentos, las crisis, los cambios, los traslados. Tuvo en su mano la cámara el mismo día del terremoto en la ciudad de México en 1986, y salió con otros de sus compañeros a hacer lo que sabía: escuchar y mostrar a la gente en dificultad. Sus imágenes formaron parte de un programa de video que estuvo listo al día siguiente: México sigue en pié. Mucho antes, debe haber participado en los orígenes del proyecto en el sur de Tamaulipas. Los nombres eran distintos, Tampaón, Tantoán-Santa Clara, otra vez Lázaro Cárdenas, hombres y mujeres eran distintos, igualmente sufrientes, estaban allí en una especie de campo de concentración, a la intemperie, en la forma por entonces vigente de luchar por la tierra. También en la Costa de Chiapas debe haber estado José Luis, y en el Centro de Veracruz. Conducía con cuidado un aparatoso camión Volkswagen convertido en casa ambulante y local móvil de comunicación rural. Llegaba, por poner un ejemplo, en medio de la tormenta en las cercanías de El Higo, al norte de Veracruz, a la orilla de un río crecido. La panga estaba allí, esperando. Cuando el hombre a cargo miró el camión de plata y azul pintado mostró su desesperanza. -Subir puede a la panga, le dijo a Meléndez, -pasarlo puedo, insistió. -Pero mire la barranca del otro lado: con eso, y señaló al camión como quien indica la aparición de una jirafa en esas tierras, no puede llegar más arriba, adonde comienza el camino. Meléndez miró entre la lluvia y advirtió el rojo de la pendiente, el agua deslizándose a raudales, impermeable el piso duro le pareció. -Puede, respondió, la Hormiga (tal el nombre del camión aparatoso) puede. Meléndez pudo, como pudo con todas las tareas imposibles: para eso tenía las cicatrices en el brazo.
Hablaba poco en las discusiones del grupo. Era una excepción, aceptaba no hacer lo que quería y podía mejor que otros, por decir, editar un programa rápidamente y con belleza, y tomar el relevo temprano en la mañana para que el video llegara, es un caso, a una mansión de Coyoacán transformada en bastión de reflexión del candidato a presidente en turno. Llegaba siempre a tiempo, instalaba discretamente lo necesario, y en el momento debido ponía la imagen con la calidad y el volumen debidos. Sin fallas, y ese objetivo nunca pareció preocuparlo en las altas instancias: estaba acostumbrado a que, en el campo, también era cuestión de “sin fallas”; lo había aprendido en el Oriente de Yucatán.
Así estuvo presente, pocos lo recordarán hoy, en la creación de condiciones para decisiones significativas, instalar el Instituto Mexicano de Tecnología del Agua, la nueva política del agua, la Comisión Nacional del Agua, cosas así. Tenía en esas ocasiones una tranquilidad absoluta. Era su espíritu, o él mismo, quien hacía posible que, descubierto a diez minutos de la llegada del presidente un error de trasnoche en el video en cuestión, que en lugar de Lázaro Cárdenas escribía Lázaro Cadenas, alguien pudiera decir –No hay problemas. Y ante la admiración inquieta de los demás, procedía a la edición, digamos que en tiempo real, para corregir el atentado a la historia del país.
No fue José Luis Meléndez el único en ser formidable en ese grupo de trabajo. Con un puñado de otros y otras colegas, fue seguramente uno de los mejores. Un hombre que se disfrazaba, o se protegía, con el segundo plano. Que continuó aprendiendo todo el tiempo, porque entendía, sin decirlo, que aprender era su obligación de servicio para esos otros mexicanos como él que sufrían más que él. Habrá sido porque supo desde pequeño qué era eso de sufrir, qué era eso de no aceptar un destino, qué era eso de luchar. Se recordará el placer con que escuchó, hace tanto tiempo, declarar a un viejo yucateco, Clotilde Cob, decir que él, de joven, había “arrancado” el español, no que lo había “aprendido”.
Lázaro Cano escribe para dar noticia de la muerte de José Luis Meléndez Vega y titula su mensaje “Un día especial”. En efecto, especial. Es parte de nuestra vida la que se esfuma con su adiós. Porque en su afecto y en su recuerdo ahí estaban todos, Mercedes con el niño maya muriéndosele en los brazos, Felipe cargando kilómetros la caja de módulos, Luis abandonando precipitadamente una casa en ejido tabasqueño, Pablo editando El agua en mi casa, Humberto empeñado en animar un dibujo, Colocho desvistiendo virus en plan de ataque, la Hormiga avanzando a diez kilómetros por hora en caminos por entonces vacíos, ese en apariencia enorme barco asentado sobre el techo de una casa cercana a la playa después del huracán, esos campesinos diciendo si y luego declarando que el proyecto no se acelera como el tiempo se acelera con nosotros, y la enumeración sería tan larga como uno de sus programas sobre construcción de gallineros. Porque en su trabajo de décadas fue ejemplar, casi una devoción de servicio público. Porque de él aprendió la persona que esto escribe, abrazándolo en su lecho final, agradecido.
Santiago Funes, París, 29 de abril 2010.


