"Lo es Ahora" es el título de una novela escrita desde hace ya 5 años y todavía no se apresta a que pueda terminarla de escribir.
Enviado por Luciano Anastasia el Mié, 06/02/2010 - 03:17.
Lo es ahora
CAPITULO I
La fantástica ciudad de Medellín
Con quince años soy un flacucho que atesora algunas cargadas y notas sanciones en el colegio. Vivo en la casa de mis abuelos, de techos altos, antigua, tienen más de 100 años de historia. Es un museo de rarezas, antigua imprenta, nada falta en las alacenas, en los muebles. Cajones, vitrinas, mostradores, cajoneras y muestrarios atesoran el recuerdo de varias familias que fueron, son, serán parte de la historia de Río Cuarto. Una vez encontré el revólver de mi abuelo así de pasada. Daba miedo. Es oscuro, de metal frío, opaco. Lo miré, lo volví a guardar con el real presentimiento de que las armas no sirven para nada. Pero esta vez fue diferente. Alguien toca la puerta, habla un rato y se va. Estamos en la casa del hermano, medio hermano como me enteré después, de Miguel, el rolo, mi compañero de viaje bogotano. Es uno de los barrios altos de Medellín, barrios peligrosos. Tengan este paquete, escucho. Es un revólver, otro revolver, envuelto en una tela blanca, un poco sucia. El hermano de Miguel lo trae, charla sobre lo que es pero no le entiendo. Miguel se abalanza hacia él con seguridad y decisión. Lo desenvuelve y revisaba, le resulta curioso y lo inspecciona. Me lo pasa. Lo toco. Está tibio, recién usado, alguien lo disparó. El tipo probablemente se regalo una trifulca y descarta el revolver para no comprometerse con la policía. Sentir ese calor me sorprende y me asusta. Así es Medellín, caliente y violento.
La ciudad de los poetas y de las gordas de Botero tiene ese lado oscuro que da escalofríos. Tienen el capricho de haber construido un edificio inteligente, su urbanización mira hacia el progreso, la tecnología y la cultura. Miles de barrios que nunca conocí y la avenida Setenta. Una calle luminosa con restaurantes y bares nocturnos. Allí pasamos la mayor parte del tiempo vendiendo artesanías, juntando plata para comer y tomar algo de noche. Mal no la pasamos. Nunca como menos de dos veces al día. Por cada comedor que vemos Miguel me enseña a regatear. Cambiamos unos aritos o collares hechos de alambre de alpaca. Pero lo más importante es como lo pedimos. Es difícil perder la vergüenza y saber decir las palabras justas. Al tiempo me acostumbro y a la hora de la puesta del sol recorremos los comedores. Se habla un poco y un plato hay seguro. Desfilamos por varios y así un par de veces más. El estomago vacila cuáles nutrientes digerir entre tanta variedad. Gordos y bien comidos volvemos a la casa que nos toca esta semana. Los fines de semana salimos a algún bar a tomar unos tragos.
Dormimos adonde nos invitan esquivando la plata del alquiler. La mayoría de las veces somos invitados especiales. Un argentino y un bogotano artesanos son hueco de miles de anécdotas y la gente se divierte con nosotros o les da nostalgia y apuro y nos amparan en sus hogares.
Mi parche es algo especial, aprendo el oficio del artesano por curiosidad y necesidad. Sin plata y a miles de kilómetros de Argentina estoy obligado a jugarme por algo que me ayudara a volver a casa. Me regalaron un trozo de tela de paño negro de un metro por metro y medio y ahí, sobre el piso de la vereda, ubico unas piedras, unas pulseras de hilo, algunos collares, aritos y con eso hay que ganarse unos pesos. Un día, por la Setenta y al lado mío hay un chico flaco, alto, una barba apenas de días.
Juega con un sombrero. Distrae y le surten a cada rato monedas. Yo lo miré. Nos pusimos a charlar. Soy Miguel, me dice. Vamos a comer algo. ¿Comiste? y yo no sabía si decirle la verdad. Hasta ese momento era un viajero perdido y sin plata. A partir de ahí no fuimos de aventura. Yo tenía una guitarra criolla negra con cuerdas de metal que me regaló Marlon, un amigo del medallo, los paisas que viven en los barrios altos de la ciudad la llaman el medallo a la gran ciudad de Medellín. Y es la justa combinación, nuestro parche tiene música y venta de cosechas artesanales. Otras veces recorremos el Metro a pedir plata para completar el pasaje. Es mentira. Plata no tenemos, menos ganas de viajar, pero con esas monedas que nos daban juntamos unos pesos para comer y para un vino o una cerveza.
Miguel es adoptado, me lo cuenta ya al tiempo y por algo que nunca supe se fue de su casa y andaba de vagabundo por la ciudad. Una noche salimos a un boliche a bailar, después del día. Nos decidimos por un bar de medio pelo. Cuando la noche estaba terminando se acerca alguien, que al parecer lo conoce a Miguel. Dice que tiene una casa en un pueblito, cerca, algo así como una quinta de descanso de unos parientes. Si no tenemos donde ir podemos pasar ahí el fin de semana. Fue como un descanso de la semana, unos días alejado de la ciudad nos iba a hacer bien. Partimos. ¿Queda lejos? No si es acá nomás, nos dijo. Cuando llegamos al pueblo después de un corto viaje nos sentimos aliviados, salir de la ciudad y dormir cómodos. Le volvimos a preguntar ¿Queda lejos? No, si es acá nomás.
La mañana tiene en una neblina apenas densa y la temperatura es fría, apenas fría. Caminamos como cuarenta minutos, por caminos de tierra. Las montañas recreaban el paisaje y la tranquilidad es parte de la danza vacacional. Pero es lejos. Primera mentira.
Llegamos a la casa. En la punta de un cerro levemente elevado y rodeado por una gran zona verde el lugar brilla en su esplendor natural, se siente un cálido aire de vallecito, es exagerado. Apenas presto atención a nuestro pequeño nuevo acompañante. Confío en Miguel y pienso en disfrutar la casa. Este chico tiene una camisa verde, estilo carpintera. Es petiso. No dice nada, no habla mucho, se sube al techo. Salta por una ventana hacia la casa. Abre la puerta por dentro y nos invitó a pasar.
Hay un televisor viejo en el living, al lado la cocina y las habitaciones, una sala con una mesa de tenis de mesa y la heladera vacía. Decidimos salir a caminar con una bolsa y pedir unas verduras a los vecinos para hacer una sopa. Me toca a mí y al chico de camisa verde.
Es cerca del mediodía. Nos habían dado varias cosas. Unas verduras y hasta unos huevos que yo pensaba hacer en una gran tortilla. Pero tan lejos nos fuimos que se pensó en volver en un colectivo del pueblo. Nos sentamos en la parte del frente de la Chiva, no arriba del animal sino en los colectivos de la villa, casi cerca del chofer. Al rato reconocí la casa y me levante para bajarme, pero me extraño que este chico no se levantó y quieto en su asiento, no piensa en moverse.
Vamos, le dije, es acá, pero ni me miró. Estaba duro. Extrañado, me bajé solo y desde la puerta del colectivo miré mejor la casa. Había un Renault 12 estacionado.
Entro a la casa y un señor me dice, ¿Vos quien sos? Lo miro y veo a Miguel que discute con este señor muy encrespado. Hay también una señora con unas chicas de mi edad. Yo soy argentino y estoy viajando, le digo. No me cree. Le explicamos que estamos acá porque nos habían invitado. ¿Quien los invitó? Miguel sabe el nombre del chico de camisa verde, se lo dice, si yo ni lo conocía. Al parecer el hombre tampoco. Segunda mentira. La casa no es de él. Decidí sacar el pasaporte y explicarle que andábamos de viaje y que estamos de paso. Al rato el hombre se tranquiliza un poco, pero tampoco entiende mucho la situación. Es su casa de fin de semana y quiere un descanso, unos días alejados de la ciudad. Pero es su casa. Logré hacerle entender y le dije que nos disculpara, al parecer es el primo de un sobrino de un cuñado, el ya a esta altura imperdonable, hombrecito de camisa verde. Miguel, ya todos más relajados, me pide un papelito y una lapicera, ¿Para que? dije, y lo veo jugando al tenis de mesa con una chica, que después nos enteramos era la hija de nuestro nuevo anfitrión. Le pedí el teléfono, la voy a llamar, me dice.
En Miguel es el único amigo en quien puedo confiar. Me enseña a salir del paso, a no pasar hambre y pasarla bien. Es alguien que aprovecha todas las situaciones y de una gran rapidez mental. Vive el momento sin prejuicios. A los días se puso de novio con esa chica. Hasta me presentó una amiga de ella.
No tuvimos una despedida, simplemente un día se fue y lo último que supe era que estaba haciendo malabares hasta con cuatro pelotas de tenis y había estado por la costa, en el mar, siguiendo su viaje. Algunas veces entraba a una verdulería y se ponía a charlar. Tomaba un par de huevos y le decía al comerciante que iba a jugar con ellos, que iba a hacer unos malabares. Si los rompía, los pagaba y si no lo hacia, que se los regalara para comer a la noche. Nunca ví que rompiera algo y siempre salía bien parado en cualquier situación.
Tiene un problema en su garganta y no pronunciaba bien la erre. No podía decir “ruedan las ruedas del ferrocarril” es algo imposible para él. La erre gutural, a lo francés, le daba cierta tonada especial que no tenía parecido, Estilo francés colombiano. Habla y cualquier cosa se hace fácil para conseguir. Nunca pagamos un pasaje completo. En Medellín para subirse al colectivo se debe pasar por un molinete y pagar el boleto. Discutía un rato, el colectivero traba el molinete para que los dos pasemos a cambio de la mitad de un pasaje. Sabía como moverse en la gran Medellín. Ciudad peligrosa, gigante y espectacular.
Su caminar es seguro, rápido y concentrado. Me dí cuenta de su felicidad al tiempo que me visitó en Girardota porque conmigo se anima a viajar más allá de la ciudad, sabiendo que yo era argentino, el nunca se había ido del “Medallo” como dicen los Paisas, la gente de Medellín. Conocimos la costa de Santa Marta, una ciudad al norte de Colombia, y descubrió que con sus habilidades podía llegar aun más lejos. Un día lo perdí de vista. Nunca supe más nada de él.
De los recuerdos negros, oscuros hay algunos que quedan en los recuerdos recurrentes. Varias veces salí disparando cuando cerca se escuchaban tiros. Una vez, el hermano de Marlon dijo secamente -Corre!. Cuando me doy vuelta a unos pocos metros, cerca de una esquina en las calles del Medallo, un hombre saca su pistola y comienza a tirar tiros con su revolver. Corro como nunca, varias cuadras, muy asustado por el miedo a que alguien huyera para mi lado. Pienso que pueden tirar para el lado que corrimos o al que se le escapa un tiro atraviese mi espalda. Es el miedo mayor, el susto más grande. Los colombianos usan las armas como el argentino usa el mate. Moneda corriente. Son seguros, muy valientes. Siempre con ganas de reírse.
La casa donde vive Marlon y su hermano es en los barrios alejados del centro. Llegamos caminando. Hay que subir unas veinte cuadras, todas en subida, camino cansino. Cada vuelta a la casa es escalar un pequeño cerro y llegar sudando y con hambre, precio de haber caminado todo el
día, vendiendo artesanías, rebuscar la calle y tomar un vino todos los días como consagración a lo que se hizo, o cerveza de tardecita.
Llega el tiempo de las múltiples mudanzas. Dormí en un auto, un Crysler, de los ´60, guardado en un galpón, en una casa con muchos mariguaneros, en un departamento donde lo frecuentaban unos matones, unos vendedores de coca, fiesteros. A todos les caíamos bien, eran los artesanos, el argentino que anda de aventura por eso entrábamos con mi amigo Miguel a cualquier ambiente.
Una noche nos invitaron a una fiesta. Todas mujeres de Medellín, las más lindas. Todas amigas de la novia de Miguel, esa que conoció cuando invadimos su quinta. Al principio fue distante pero a medida que tomamos el trago, que puede ser un poco de ron o aguardiente nos fuimos soltando y nos empezamos a reír todos juntos, nos sentamos en el pasto, un poco alejado de la casa desde donde se veía las luces de Medellín, un lugar impresionante, el verde pasto y un piso imitando la redondez de la tierra, ya que la quinta estaba en la punta de una pequeña colina, el parque de la casa se perdía en el horizonte con las luces de la gran ciudad. Detrás de nosotros la casa de paredes blancas, con una galería, una mesa, que la abandonamos frente a tanto lugar por ubicarse. Pasamos toda la noche tomando trago hasta que Miguel se emborracho. Se cae para atrás y rompe una estantería de vidrio. Silencio, luego algunas risas, al comprobar que no le paso nada. Pero fue muy escandaloso. Quedó tirado en el piso, ya muy borracho y no se levantó más hasta el otro día.
Mi borrachera más fuerte fue en los alumbrados. La ciudad de Medellín se ilumina toda en diciembre. La navidad no es solo el 24 a la noche. Se festeja todo el mes. Se ilumina los balcones, las calles, luces que cruzan de vereda en vereda, las plazas. La gente festeja sale a caminar, se emborrachan. Nosotros. Ya viviendo en Girardota nos fuimos todo un grupo de amigos con litros y litros de trago a visitar los alumbrados en una Chiva, que es un colectivo, un camión adornado y pintado con firuletes. Muchas veces usado como transporte de pasajeros en los pueblos y en las comunas. La ultima imagen que recuerdo es caminando por las calles y que había mucha gente. Abrí los ojos y estaba tirado en el pasto. Al lado mío estaba el chileno, el otro Miguel, que me acompaña. Según el, por alguna razón, salí corriendo hasta que me tope con un alambrado con una botella de aguardiente en la mano. Lo choque de frente y lo salte. Al otro lado había un pequeño barranco, rodé y ahí quede, dormido o desmayado, quien sabe, hasta que desperté a la mañana del día siguiente sin saber que día, año y donde estaba. Mi último recuerdo es que alguien me quería sacar la damajuana de aguardiente. Tres litros del divino brebaje.
Cerca de Girardota[1] está el paraje de Juan Cojo y el Cabildo. Subiendo pequeñas elevaciones cerranos nacen las quintas, campos, lugares donde cortan la caña y hacen la panela, ladrillo circular de azúcar compacta que se usa para endulzar. Es un tipo de azúcar que viene de la caña, se muele y queda de color marrón claro. Una panela puede durar hasta meses pensando que una taza de te o café necesita apenas un cubito. La panela se corta y se quiebra con un cuchillo o algo duro. El ladrillo compacto tiene la densidad de un ladrillo de construcción, se hace a veces, y para el visitante desprevenido, difícil manejar la panela para endulzarse una taza de buen café colombiano.
La zona rural del municipio está dividida en 30 veredas. Alguna de ellas con nombres muy particulares. El Paraíso y la Mata, La Matica, Los Ochoa y la Palma, Yarumo, Jamundí y el Palmar, Mangarriba, Juan Cojo, el Barro y el Totumo.
El nombre se debe al prócer Atanasio Girardot. Una iglesia conocida por sus milagros y favores del Señor Caído enfrenta la plaza principal. No hay mucho más. Pero si casas coloniales. Todo el pueblo está rodeado por montañas boscosas que tapan el horizonte.
Tienen el mejor café del mundo, poblaciones ricas en terrenos fértiles cultivan en los cafetales la semilla que luego la dejan secar al sol. Pero el poblado campesino sufre las terribles consecuencias de una guerra ajena. Ya en Girardota, los primeros días en el pueblo no teníamos mucho para comer ya que en un pueblo es más difícil conseguir comedores que se apiaden de unos sucios y apestosos artesanos (el chileno Miguel decía que éramos artesanganos, más parecido a un zángano que a un artista). Por eso y por gracia de las señoras de gran espíritu, hermanas de la comunidad católica, una religiosa se nos acerca para invitarnos a su comedor comunitario de la iglesia.
En los terrenos de la Iglesia del Señor Caído se encuentra una sala con una cocina contigua. Por unos mil pesos colombianos (en esa época era mas o menos cincuenta centavos de dólar) nos daban una buena comida, arroz, porotos (o garbazos), un poco de carne, de postre una fruta o flan y jugo natural de fruta para tomar. Nuestra amiga religiosa nos cuidaba y aconsejaba y realmente nos trata muy bien. Pero lo más duro fue ver allí, en los comedores, a los desplazados. Ellos son gente de campo, trabajadores de su tierra, granjeros que viven de su trabajo, desplazados por la guerrilla o los grupos paramilitares por estar en zona de guerra. Familias enteras que quedan sin su propia vivienda y en la calle, acusados, a veces, hasta de ser cómplices del enemigo.
Los artesanos (o artezanganos), los desplazados, mucha gente muy humilde y niños abandonados, almorzando todos los días juntos, era una situación en la cual me hacía sentir con un poco de vergüenza, en un lugar de una realidad intensa y comprometida. Si las enseñanzas son las experiencias de vida, quizá aprendí allí a sentir la igualdad de la humanidad. Acaso nadie es tan diferente y en la humildad se aprende la esencia de las personas. Despojadas de todo lo material, no queda más que la sangre misma, el espíritu de las personas abierto, y se trasluce la sinceridad. Entregar amor y comprensión, calma el pesado compromiso de llevar una vida dura, llena de carencias y limitaciones.
Cual era la vergüenza, entonces, de estar ahí. Pienso ahora en estar agradecido a mi amiga religiosa, la hermana de la congregación que nos dio su permiso y a mis amigos del comedor por haber compartido un momento de pura conciencia espiritual.
[1] El 21 de septiembre de 1833 fue aprobado el decreto Provincial de la erección de la nueva parroquia de Girardota por el Presidente de la República. La población fue erigida con 1824 habitantes, comenzando así la vida civil del nuevo Municipio de Girardota.
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