Jacques Berthe, in memoriam

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Jacques Berthe, un 28 de julio

Buscaron acaso
Desde siempre.
En cuanto al resto,
Nada importó tanto
Como esa búsqueda
Amorosa.

Imagino que antes de cerrar la puerta y sonreír la despedida
Al último invitado vaciló usted, que percibió usted sin sorpresa
El aliento de la nada entrando como una vela, un horizonte
Esquelético desde tan lejos venido en línea helada y seca.

Imagino que con naturalidad ajustó usted la corbata alisó
Dispuesto el cuello de la camisa impecable. Que pensó el aroma
De té de tilo, que intuyó su forma, que calculó además su espera
En seguida hora infinita. Que buscó adónde la línea lo aguardaba
Sin prisas, tal vez reposando junto al cuadro de playa o entre cenizas.

O en la esquina de la chimenea, entre pliegues de conocido mármol,
O de cortinas hacia el patio, o entre hojas de esos árboles verdes
Como un pájaro quieto entre las ráfagas calientes de verano en ciudad.
Que la buscó entre los libros, o en la lámina de batallas, o entre
Sus recuerdos de palmeras brasileñas, playas, de suspiros o atardeceres
En Bari, rocas, inviernos en Niza, colores claros entre cielos imposibles
De Creta o, supongo, sospechó que lo atisbaba inevitable en ese íntimo
Esplendor que usted amaba como pocos en París de septiembre.

Sin embargo estaba allí, vela horizonte línea, ala impecable estaba
Tranquila dejándose encontrar tersa marca de luz en la mesa oval
De tantos días, esa compañía perfumada fiel como un nombre,
A menudo amorosa, misterio reiterado. Habrá usted abierto un botella de vino,
Elegida mucho antes. Habrá usted acercado dos copas y un par de platos
Dibujados. ¿Un zorro, tal vez, y un colibrí animoso, cohibidos ambos?
Habrá usted enderezado la mirada y dicho La esperaba, hablemos ahora
Que el tiempo no existe, sólo su rémora esta música inaudible que nos rodea.

Dígame su origen. Indíqueme si es la misma que aleteó borrascosa y arrancó
Mis árboles inocentes, esos trescientos hijos fue acaso usted quien sopló
Sus raíces y los tumbó entre quejidos una noche. Acláreme si entonces
Era a mí a quien buscaba violenta. Tanto dolor a qué habrá servido, nada
Le debían los troncos que dejaron de rozar nubes sin culpa ni razón ni sentido.

O quizá haya usted sido la misma que oí de muchacho mejor dicho oí
Como truenos, usted que es horizonte, y ví con ojos semiabiertos
Era usted pequeños relámpagos, usted que es vela y navega distancias
De instantes hermana entonces de la guerra y de la sangre y de la desolación
Pariente del desprecio, del hambre, de la mutilación y del ruido.
Acláreme si entonces era a mi a quien buscaba enloquecida tanta sangre
A qué habrá servido, nada le debían los soldados que dejaron de cantar
Campos, quebradas sus almas de pavor. Obsérveme, habrá usted dicho.

A la línea del otro lado de la mesa. Como ahora era yo quien la aguardaba
Desde aquellos entonces. Podría usted aceptar que estuve años enteros
Esperándola. Que construí un templo para usted y para mi en el corazón
Del bosque, que fueron cientos las tardes de lluvia y las mañanas de trinos.
Decenas los inviernos y otras tantas los otoños, millones las flores
Y otros tantos las estrellas, esa cabaña recuerde usted repleta
De horas como páginas, de mi letra cuidada y tersa, de tiempo leído,
De recuerdos inventados y de los otros, sueños estremecidos.

No se inquiete, habrá usted tranquilizado a la vela, al horizonte helados
Los dos de luz indiferente. Como la esperaba la aguardo hoy y ayer
Y mañana con idéntica pregunta. Nunca sabré su nombre, nunca podrá
Decirme usted su origen, ni ayer entre estruendos. Ni ayer entre quejidos
De madera, ni ayer entre letra y lectura. Habrá usted bebido a solas.

Ese último frescor rojo, habrá usted contado los árboles nuevos
Y sus hojas como a una eternidad. Habrá usted acariciado el nombre
De tantos amaneceres. Habrá usted arreglado su corbata, contemplado
La delgadez última de su mano sobre la mesa, de sus dedos demorados
En el cristal vacío. Habrá usted llenado el río con su paciencia y su propio
Misterio. Ni la vela, horizonte, línea, marca apaciguada de luz en el extremo.
Ni usted, erguido como nunca antes, y prudente en el gesto. En ese encuentro
Finalmente otorgado, ni usted ni su sombra habrán encontrado el nombre.

Que buscaron acaso
Desde siempre.
En cuanto al resto,
nada importó tanto
como esa búsqueda
amorosa.