el verano termina

fin de verano en el payou

 ¡y vaya si ha sido un  verano!

 

 

cuando llegué a esta casa, hace algo así como dos años, era un sitio enterrado entre telas araña de olvido y abandono. con Marie-Pierre tomamos la decisión de comprarlo y comenzar a descubrir lo que podía ser. como suele suceder, otras circunstancias y otros olvidos se mezclaron con los ya evidentes en el sitio, otras circunstancias y otros olvidos más íntimos, diría. 

 

 

había sucedido sin embargo un episodio peculiar: desde el comienzo algo me pasó con la casa y con el terreno. pensé y dije que de pronto algo o alguien había ocupado mi cuerpo, dándole otra energía, habilidades desconocidas, hasta una fuerza hasta entonces no imaginada ni prevista. a alguien le dije que era el fantasma de mi padre el que se había metido en el cuerpo ajeno, o no tan ajeno, a decir verdad.

 

 

lo cierto es que ahora, cuando el verano termina, la casa y el terreno, y nosotros dos hemos cambiado. no es sólo la tierra, no es sólo la transformación de lo que era una ruina en una habitación acogedora. por ejemplo, usted sale a esta hora en la noche y puede ver a Júpiter saliendo por entre las montañas, lejanísimo y al mismo tiempo tan vecino de la humedad del trébol recién cortado, de las flores blancas de fin de verano que sorprenden en el primer montón de rocas, a unos metros de la casa. los árboles viejos y los nuevos, incluso algunos que seguirán siendo jóvenes dentro de trescientos años, han adquirido una nueva presencia, diría una identidad, parecen entender que alguien los mira y los aprecia.

 

 

un águila joven se posó por instantes en la muralla que protege de las crecidas, eventualmente míticas, del arroyo que corre junto al terreno, y al que vienen los fines de semana pescadores sin esperanza, silenciosos. el águila perseguía a un pequeño pájaro que logró escaparse. ¿dónde está el tiempo? me pregunté después de esos segundos de presencias aladas, leves, como trazos de sueño.

 

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