siete muertos en las cercanías de Cuernavaca, México
En la ciudad en que vivo ayer comenzaba de hecho la primavera. La luz tibia envolvía edificios, río, puentes, jardines. Una multitud estaba en la calle, en los bares, observaba las inscripciones en los edificios, compraba baratijas, entraba y salía de la catedral, de los museos, de los parques. Mujeres bellas paseaban sus brazos blancos, amarillos, morenos, por fin desnudos. Todas las bicicletas del servicio público estaban en uso. En los grandes almacenes el bullicio era casi como de día de la madre, o del compadre. Muchos contaban hasta llegar a diez céntimos para pagar una bebida, un pan de molde. Mientras la recorría oí las voces en diez o quince idiomas distintos, tal vez más. Hice lo que tenía que hacer, compré unos tornillos y regresé a casa.
En mi ida y vuelta no estuve solo: me acompañó la imagen de Javier Sicilia. Desolado como está, lleno de rabia como está, mudo de rencor y de dolor como está, hizo el camino hacia la ferretería, esperó que encontrara los tornillos, hizo la cola para pagar, regresó y subió hasta el quinto piso. Pensé en su hijo muerto, uno de los siete asesinados en algún lugar en la carretera de Cuernavaca a Acapulco. Un vehículo con siete muertos entre la multitud, en medio del río, explícito a la entrada de la catedral, alto en el palacio de la alcaldía, con siete muchachos asesinados, brioso en la exposición de fotos sobre la Comuna de 1871, girador vehículo de cadáveres en la gran calesita primorosamente pintada y conservada. Con siete muertos que fueron cuerpos maltratados y heridos antes, y una nota de firma, Cártel del Golfo.
Javier está de visita desde que llegó, rápida, la noticia del asesinato de su hijo. Como conocí al poeta hace muchos años esa visita fue posible, y aún duradera, duerme o no duerme en casa. Muchas otras fueron igualmente conjeturables en esta semana pero no se concretaron: la del pastor quemando un libro sagrado; la de ochocientos velozmente muertos en Costa de Marfil; la de pilotos de guerra que cuentan sus misiones como si de cuidar jardines se tratara; la de docenas de personas encolerizadas atacando un edificio de Naciones Unidas en Afganistán; la del quirófano que se descascara por falta de mantenimiento; la de la brecha de veinte centímetros por la que escapa, se mide, agua altamente radioactiva. En mi caso, es Javier quien llegó para quedarse; por unos días, naturalmente.
Estaba en Filipinas y debía regresar a México para trabajar con Adalberto Ríos en la preparación de un libro sobre conventos; tuvo que hacerlo, le cuenta a Carmen Aristegui, y cito,
en un regreso infernal a la pérdida de su hijo y la muerte de los amigos de Juan Francisco. "Hay que exigir al narcotráfico que reconsidere sus códigos, que no pueden estar matando indiscriminadamente inocentes, esto ya rebasó todo, ni las mafias antiguas hacían esto". Pide, exige, reclama a las autoridades acabar con la inseguridad, evitar que se den más tragedias, más muertes. "Yo no quiero un muchacho más muerto, ni quiero más a un muchacho estigmatizado por las autoridades y por la prensa, vinculándolos con el narcotráfico, quiero a unos muchachos que tengan oportunidades de crecer y que puedan realmente rehacer esta nación, porque está nación está desgarrada absolutamente. Y le pido a cada unos de estos padres que han perdido un hijo, pues que no cejemos, que nos unamos con estos grupos de solidaridad, con los amigos, con los que están luchando para que esto no vuelva a suceder". La conversación es larga, pero a Javier Sicilia le hace falta tiempo para narrar la pesadilla que lo tiene envuelto. "Todos, la ciudadanía, estamos cansados y muy dolidos. Cada muchacho que se está muriendo, ya se está volviendo el hijo de cada uno de los seres de esta nación".
Unos días antes un amigo joven me escribía desde México diciendo que “todo parece andar en un solo sentido de exclusión y retrocesos”. Ayer otro amigo, morelense, anotaba “Estoy muy dolido por Sicilia, por los otros treinta y cuatro mil y por los que siguen. El país no funciona en nada y el panorama fatalmente ligado a estos impresentables [los políticos profesionales] nos hace ser cada día más pesimistas. Ante la pésima imagen del país nos han pedido (desde luego fuera de México) reportajes de mexicanos que continúan en el trabajo diario y la honradez (la inmensa mayoría) por eso salgo al rato a Nueva York para armar un nuevo reportaje sobre Félix, el rey de la tortilla.” Uno u otro agregaba que sentía a México prisionero de su propia sociedad.
En Cuernavaca ayer Javier Sicilia leyó:
El mundo ya no es digno de la palabra
Nos la ahogaron adentro
Como te (asfixiaron),
Como te
desgarraron a ti los pulmones
Y el dolor no se me aparta
Sólo queda un mundo
Por el silencio de los justos
Sólo por tu silencio y por mi silencio, Juanelo.
El mundo ya no es digno de la palabra, es mi último poema, no puedo escribir más poesía... la poesía ya no existe en mi.
A mediados del año pasado leí cientos de páginas recientes, escritas entre 2001 y 2010, sobre la agricultura mexicana. Diría que fue una muestra aleatoria grande, incluyendo obras monumentales recientes sobre el desarrollo en ese país y una variedad de sitios Internet especializados. Comentando los resultados de esa lectura con un colega mexicano me detuve un momento, reconocí una ausencia y le pregunté ¿por qué en toda esa literatura no encontré una sola vez la palabra narcotráfico, ninguna referencia a la violencia? “Buena pregunta”, me contestó.
Y sin embargo la violencia y el narcotráfico estaban ahí, fantasmas tan reprimidos como la profundización del clientelismo y la corrupción, en el desempleo rural, en la migración hacia las ciudades intermedias, en el fracaso de las políticas mal llamadas públicas, en los cuentos (nada) chinos de la recalificación de la fuerza de trabajo, en el deterioro del salario, en la (deseable según muchos especialistas) “desagrarización” de la sociedad rural, en las remesas no contadas desde el exterior de la que dependen los ingresos de buena parte de la población, en las cifras de disminución de la pobreza obtenidas en alguna medida por el pago de subsidios (si bien es cierto que la mayor parte se concentra en los grupos de productores más ricos).
Hace pocas semanas Juan Carlos Marín me envió un estudio recién terminado del grupo de análisis que se denomina Los Bourbaki, que indaga acerca del significado social de las muertes registradas por la prensa escrita entre agosto 2008 y agosto 2009. Vale la pena leerlo, por el interés analítico y sobre todo por la demostración de que es posible una lectura más allá de la noticia, una deconstrucción/reconstrucción del significado social de una guerra que, en tres años, implicó por ejemplo la muerte de más de mil niños mexicanos.
Una de las conclusiones de ese trabajo permite pensar más allá del dolor: las “bajas” de los enfrentamientos en México se concentran en dos categorías, los “desconocidos” y la “sociedad civil”. En “desconocidos” el estudio reconoce los ejecutores de terreno en el enfrentamiento entre el orden delictual y el orden legal. En “sociedad civil” se reconoce a quienes no tienen nada que ver con ese enfrentamiento, pero que en la vida social se oponen o pueden oponerse a él y a la criminalización en las relaciones de poder. Tal vez exagero mi interpretación, pero tiendo a pensar que esa alta proporción de víctimas en la “sociedad civil” no son víctimas colaterales sin otro sentido que el error de tiro; son por el contrario los frutos no accidentales de un trabajo de amedrentamiento, de expansión del terror, deseado en los hechos por uno y otro de los grandes actores del enfrentamiento en curso. En ese desierto social creado por el temor, ¿quién se mueve para protestar?, ¿quién para intentar la recuperación del poder y de los espacios políticos expropiados?.
Hacia 1929 Walter Benjamin pensó que la evolución histórica que presenciaba conducía a la catástrofe. En contra del optimismo de los partidos entonces llamados burgueses, y de la social democracia –cuyo programa político consideraba como un mal poema de primavera, concibió un pesimismo activo dirigido enteramente hacia el objetivo de impedir, por todos los medios posibles, la llegada de lo peor. La revolución, entonces, le aparecía como la interrupción de una evolución o de un proceso que conduce a la catástrofe.
Ochenta años más tarde las pequeñas y las grandes catástrofes se han sucedido en todas partes. El desorden, la precariedad, la fragilidad de los asentamientos humanos en casi todo el planeta han terminado por presentarse como un estado natural, propio del ser de la humanidad a comienzos del tercer milenio: el estado permanente de catástrofe nos es vecino, o vivimos dentro de él con creciente “naturalidad”. Nos acostumbramos al aire sucio como a los hechos armados, a las muertes en serie como a las víctimas colaterales, a la desigualdad como a la corrupción, ocurran del otro lado del mar o en el barrio contiguo, o en la farmacia de enfrente (*). En realidad, ocurren todas en casa: llegan en las noticias de hoy como llegaron en las de ayer y sin duda, como sale el sol, llegarán mañana.
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(*) Un comentario de lector completa esta frase, amplía su sentido: "Hace una semana fui a ver a mi mamá de 92 años, que vive en una casa de reposo en Cuernavaca, y juntos vimos “Presunto Culpable”. Al comentar, con el chavo que recoge los boletos a la entrada, el documental (¡Qué horror que no sea una película de ficción!) me contó que tiene varios amigos judiciales, quienes coinciden en que tienen de dos sopas: o le entran a la corrupción o se conservan “limpios” pero sólo hasta el grada en el que capturan a delincuentes menores… si se les pasa la mano matan a sus familias, los matan a ellos. En su libro “Confesión de un Sicario” – que no pude terminar – Juan Carlos Reyna relata con toda claridad cómo los sicarios son reclutados de las bases de la Judicial y los judiciales de sus pares del narco. Afectado por el brutal asesinato de de los siete jóvenes, con Juan Francisco Sicilia entre ellos, les dije a mis hijas, de casi 15 y de casi 18, que en lugar de sentarse a platicar con sus amigas en las bancas del centro de Tlalpan, lo hicieran en algún restorán. Pusieron cara de desaprobación y en su interior me mandaron al carajo… ¡con cuánta razón! Javier regresó de Filipinas diciendo que venía sin miedo, que sus hijos y sus amigos vivían sin miedo, que él se había negado a acatar el estúpido “toque de queda” impuesto hace unos meses en Cuernavaca por el narco, secundado por el gobernador. Creo que no hay de otra, porque vivir en el terror es sepultarte en vida."



